Caminos Paralelos

 


G: Nunca pensé que llegaría el momento de tener que ir a mirarles la cara a las viejas de la olla común… espero que no me traten mal… después de todo ha pasado un buen rato.

R: Hoy tenemos porotos con riendas y ensalada de lechuga, calculo que necesitamos preparar unas 80 raciones entre adultos y niños. Los porotos quedaron remojando desde anoche y 3 vecinas quedaron comprometidas para colaborar. Espero que todo funcione bien.

G: Claro, yo tenía motivos para reaccionar de la manera como lo hice. Estaba cansada de las colas, cansada de la prepotencia de los dirigentes de la JAP, de las interminables discusiones con los “upelientos” y realmente pensaba que un día cualquiera podían venir a matarnos a todos los que pensábamos distinto.

R: Debo reconocer que a veces siento el cansancio que se me ha ido acumulando, ya que desde el día siguiente después del golpe he estado en esto de vivir en medio de la emergencia.

G: La mañana del 11 de septiembre sentí que mis ruegos habían sido escuchados, y que por fin los militares se habían decidido a derrocar a Allende.  Cuando se levantó el toque de queda, sin darle explicaciones a nadie, porque mi marido no se metía en nada, colgué la bandera desde una ventana y puse la radio bien fuerte para que se escucharan las marchas militares.

R: Atrás quedaron los días en que la junta de vecinos, el centro de madres y el club deportivo organizaban actividades para ir en ayuda de un vecino en problemas, o reunir fondos para las fiestas, o para tener más comodidades en las sedes. Incluso el tema del desabastecimiento y las colas del que tanto se hablaba, lo resolvimos a punta de organización, no tuvimos problemas con las mercaderías, ni con el pollo ni con nada.

G: A los pocos días del pronunciamiento habían aparecido las mercaderías que tenían escondidas los dirigentes de las JAP, los chascones se habían cortado el pelo, las murallas estaban pintadas, y en el barrio había vuelto la tranquilidad.

R: Pero llegó la noche y empezamos a vivir la pesadilla de los allanamientos, las amenazas, el toque de queda, la prisión y la cesantía.

>> En los primeros días tuvimos que aguantar la pasada de cuenta de los ganadores, que vociferaban el cuento del Plan Z y la “derrota del comunismo”. Pusieron banderas en sus casas, se tomaron el centro de madres y la junta de vecinos, y no perdían la oportunidad de hacernos burlas y amenazar a los que habíamos apoyado al gobierno de la Unidad Popular.

G: Cuando me enteré de que a mi cuñado lo habían echado de la pega y que había estado como un mes preso, me hice la lesa, y eso hasta el día de hoy me lo saca en cara mi hermana.

>> Pero sigo pensando que se las buscó y que, si lo tomaron preso, algo habría hecho. Si hubiera sido inocente no le habría pasado nada.

R: Algunos de nuestros vecinos sufrieron este hostigamiento por partida doble cuando un miembro de la familia estaba preso o sin trabajo. Por suerte no ocurrió en nuestra familia ya que mi marido siguió con su pega en el taller mecánico.

>> Como necesitaba sacarme el miedo y la rabia de encima, junto a mi amiga Ruth pusimos manos a la obra y nos organizamos para recoger alguna ayuda y atender los casos más urgentes que teníamos cerca de nosotras.

>> La iniciativa fue tomando un poco más de forma cuando nos pusimos de acuerdo con el club deportivo, que no había sido intervenido, y mediante rifas y completadas pudimos reunir fondos para la Navidad … y también tener un pretexto para reunirnos y ver cómo seguíamos.

G: Se me había juntado tanta rabia que hasta llegué a denunciar a un parcito que antes del 11 llevaban el pandero al momento de revolver el gallinero. En un primer momento pensé que se me había pasado la mano, pero al ver a mis vecinas circulando sin problemas por la calle días después, me quedé tranquila.

R: Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes que alguien del vecindario nos denunciara con el cuento de que éramos una célula extremista que se estaba reorganizando. Una patrulla de Carabineros se dejó caer una noche en mi casa y la de mi amiga Ruth, nos llevaron a la comisaría más cercana y nos mantuvieron detenidas por el fin de semana. Hubo vejámenes, maltrato de palabra y la amenaza de que, si éramos sorprendidas nuevamente armando problemas, nos meterían presas.

>> En los meses siguientes tomamos más precauciones y nos cobijamos al alero de la parroquia, que por ese entonces también estaba iniciando algunas tareas solidarias.

G: Como se dio la oportunidad, me inscribí como socia en el centro de madres y allí conocí a algunas voluntarias de CEMA Chile, que eran esposas de oficiales, y con otras “mamitas” asistí a charlas y talleres, me llevaron a concentraciones y desfiles donde nos daban algunos regalos y compré a muy bajo precio una máquina de coser. Tenía metido en mi cabeza que las que éramos madres, esposas y dueñas de casa, éramos el pilar de la reconstrucción nacional.

R: Hicimos unos cuantos cálculos y vimos que era posible organizar un “comedor popular”. Sobre las platas, contábamos con el apoyo de la solidaridad internacional y los aportes voluntarios de los vecinos. Además, varios puestos de la feria nos vendían baratas las frutas y verduras, una carnicería en Franklin nos abastecía de menudencias de carne y pollo. Eso, más las rifas, los bingos y todo lo que se nos ocurriera, permitió que pudiéramos mantener el comedor sin parar un día.

>> Cuando partimos, preparábamos 20 raciones por día y hoy hemos llegado hasta a 95. Pero no todo es comida ya que lentamente, pero sin parar, hemos convertido al comedor en un grupo de discusión sobre la situación del país.

G: En el barrio me reconocían por mi desempeño en el centro de madres, y eso se notaba porque ahora no cualquiera podía pasarme a llevar o levantarme la voz como ocurría antes, ahora las vecinas sabían con quién me relacionaba.

R: Había vecinas que se iban rotando para colaborar en la cocina, pero en mi caso y el de otras compañeras prácticamente pasábamos toda la semana en algo que no podía parar: las platas, las compras y el menú de cada día.

G: Como la situación económica se fue arreglando, los precios no subían como antes y era muy fácil obtener crédito para comprar las cosas de la casa. Me fui alejando de las reuniones, charlas y desfiles del centro de madres, pero mantuve la tarjeta de CEMA Chile por si igual caía por ahí algún beneficio.

R: El otro día en una de estas reuniones nos dijeron que el veranito de San Juan con el dólar barato ya no resistía más y que de un momento a otro la situación económica se iría a las pailas.

G: Hasta ahí todo parecía perfecto, hasta que supe que gente del vecindario estaba sin pega y que lo único que conseguían eran unos trabajos mal pagados para mover tierra de un lado para otro. Al comienzo me preocupé de que nos pudiera pasar algo similar, pero luego pensé que mi marido trabajaba en una buena empresa con mucha antigüedad y prestigio, y por lo tanto no teníamos nada que temer. 

>> Sin embargo, no ocurrió así: la empresa, que fabricaba radios y televisores, se había ido a la quiebra, y de la noche a la mañana nos encontramos con que no había plata para los gastos de la casa.

R: Así las cosas, nos estamos enterando todas las semanas de que algún vecino se ha quedado sin pega, y, por lo tanto, tarde o temprano, aparecerán por estos lados.

>> También nos contaron que se ha estado hablando de un paro nacional y a mí eso me parece una buena idea. Claro que ahí nos tenemos que poner de acuerdo los trabajadores, los estudiantes y nosotros, los pobladores.

G: Por mi parte intenté a través del centro de madres obtener algún beneficio, pero como había estado alejada en el último tiempo ya no tenía los contactos de antes. Lo único que logré fue un paquete de mercadería que entregaba la municipalidad.

>> Cuando mi marido embolsó sus cosas y se fue, me dijo que si lograba algún empleo él se encargaría de hacer llegar los aportes para los gastos, pero la verdad es que estos aportes nunca llegaron.

>> Probé usar la máquina de coser para pequeños trabajos de costura, también hice artesanías, repostería… pero ninguno de estos trabajos me da para llegar a fin de mes.

R: Si así se viene la mano, quizás habrá que trasladarse a la sede del club deportivo, pues el salón parroquial nos está quedando chico y nuestra actividad entorpece las labores del cura.

G: Así es que después de darle muchas vueltas buscando una solución, me convencí de que lo único que tengo a la mano ahora es agachar el moño y partir al comedor popular.

R: Revisando la lista para hoy vi que se inscribió una nueva vecina, se trata de la Guacolda Álvarez y sus dos hijos. Yo la ubico por lo metida que estaba con los centros de madres años atrás. Era muy amiga de las mujeres de los milicos de CEMA Chile, y había que estar en la buena con ella para alcanzar las migajas que llegaban desde el gobierno.

G: Claro que hay un problemita no resuelto: por esas cosas de la vida, el comedor está a cargo de la Rosa Escudero, la misma que yo denuncié en los días posteriores al golpe. No sé si ella supo quién hizo la denuncia, pero si me llega a encarar negaré hasta el final…lo tengo decidido.

R: Yo no tengo problema en agregarla a la lista de raciones. Lo que sí me preocupa es que se nos vaya a meter una soplona en el grupo.