El Inxilio


Una fría noche de septiembre, en una micro Colón Oriente, Osvaldo era uno de los prisioneros que trasladaban desde el Estadio Chile al Estadio Nacional, en adelante su nuevo campo de concentración.

En la micro de recorrido recibió sus primeros culatazos cuando intentó intercambiar información con su compañero de asiento, un estudiante universitario, desobedeciendo así la orden de mantenerse en silencio, con la cabeza gacha y las manos en la nuca.

Su historia personal contaba con diversos episodios de conflictos absurdos e inexplicables. Su rebeldía podría explicarse por una niñez y juventud llena de carencias y violencia doméstica en un pequeño pueblo del norte chico. De allí logró escapar al licenciarse del servicio militar. Avalado con este antecedente y recién llegado a la capital, logró un trabajo de estafeta en una hilandería.

La gran ciudad lo llenó de entusiasmo. Como todo le era novedoso, recorría la ciudad, se informaba recurriendo a todas las fuentes disponibles, asistía a todo tipo de eventos, se involucraba en todo lo que le atraía, y así fue que tempranamente se enroló en el sindicato y posteriormente en la militancia política.

Después de 15 años había logrado formar y sostener una pequeña familia y alcanzar un puesto de ayudante administrativo en el departamento de personal. Pero lo que realmente lo motivaba era sentirse parte de un proyecto colectivo. Eso lo hacía sentirse lejos, no solo físicamente sino también emocionalmente, de la vida solitaria y anónima que conoció antes de llegar a Santiago. De ahí su permanente disposición para todo lo que le pidieran los dirigentes del cordón Vicuña Mackenna, aún aquellas acciones que lo hacían aparecer como un tipo conflictivo y sectario.

El 11 de septiembre permaneció en la empresa al igual que la mayoría de sus compañeros. Cuando la fábrica fue allanada al día siguiente, el encargado del contingente militar tenía una lista con tres nombres en donde obviamente el suyo estaba incluido. La pasada de cuentas se había hecho presente pocas horas después de consumado el golpe.

Se hicieron largos los días en el Estadio Nacional, cada jornada estaba marcada por los encierros nocturnos con decenas de presos apiñados y sin ropa de abrigo, la formación y lista de cada mañana, la entrega de la escasa y mala alimentación, y la desesperante espera en las tribunas, interrumpida con los llamados a interrogatorios. Así, hasta que le llegó su turno.

La pasó mal. Su carácter distante y sombrío, desafiante, sus respuestas cortantes y con monosílabos, sus largos silencios e incluso algunas contradicciones involuntarias, provocaron en el interrogador la idea de que éste era un “pez gordo” que no estaba contando todo lo que sabía. Así fue que lo llevaron al velódromo, donde conoció en primera persona las prácticas de tortura que hasta esa fecha en Chile eran solo una referencia de lo que ocurría en otros lugares.

Al regreso del interrogatorio lo que más impactaba, más que su dificultad para sostenerse en pie, era la expresión de su rostro, que retrataba el enorme sufrimiento por el daño moral recibido. Sus compañeros de la hilandería, incluso el estudiante universitario con quien se cruzó en la micro durante su traslado, hicieron muchos esfuerzos por contenerlo y animarlo. Pero no, se había establecido un antes y un después de la tortura en la vida de Osvaldo. Se hizo evidente con el tiempo que ese paso por el velódromo le había dejado un enorme sentimiento de humillación.

A pocos días del interrogatorio fue necesario desocupar el estadio porque se jugaría un partido de las eliminatorias del Mundial de 1974. Por esta razón, los prisioneros fueron llevados a distintos campos y otros fueron liberados. Osvaldo fue enviado a Tres Álamos.

Durante casi medio año en este nuevo encierro, con interrogatorios tal vez menos crueles, pero siempre humillantes, Osvaldo recibió escasas visitas. Lo visitaban tanto su esposa, Gloria, como algún excompañero de trabajo que se atrevía a cruzar los chequeos e interrogatorios a la entrada del recinto. Así, hasta que una tibia tarde de otoño de 1974 fue liberado.

Al llegar a su hogar, no hubo expresiones de alegría por tenerlo de vuelta sino más bien una mezcla de alivio y preocupación. En el recién liberado se instaló el mutismo, las conversaciones se limitaban a la resolución de problemas cotidianos y a analizar de qué manera urgente se podían generar ingresos al hogar, ya que hasta la fecha la sobrevivencia se había logrado gracias a los aportes de sus suegros más la venta de algunos enseres.

Sintió que no contaba con el apoyo y solidaridad al interior de su familia y se daba cuenta de que el miedo o los resabios de antiguas disputas políticas hacían que el saludo de sus vecinos fuera distante … cuando lo había.

Por intermedio de familiares de Gloria le fue asignada un área de ventas de enciclopedias, de esas de varios tomos que adornaban los anaqueles de los estantes del living y que se vendían en cuotas. Transcurridos dos meses, después de cubrir toda su zona visitando oficinas, fábricas y colegios, había logrado colocar solo dos colecciones, lo que le significó una escuálida comisión de ventas y volver a estar nuevamente en el punto de partida.

Mientras, al interior de su hogar el ambiente se hacía cada vez más denso. Su esposa, desde antes del golpe, lo recriminaba por la escasez de alimentos y el poco tiempo que le dedicaba a su familia, con un hijo en edad escolar. Ahora, el “yo te dije que no te metieras en esto” se escuchó cada vez con mayor frecuencia, cuestión que a Osvaldo lo retrotraía a los peores momentos del encierro.

A veces las recriminaciones de su mujer hacían que se hiciera cargo de los costos que había debido pagar por su compromiso político, su disciplina militante, su ciega convicción sobre la verdad de ciertas consignas, su escasa capacidad crítica, y su desconexión con otras facetas de la vida en sociedad, tan importantes como la política. Pero rápidamente en su mente asomaba la causa y los principios que le habían dado sentido a su vida durante tantos años y se restablecía el argumento del poderoso enemigo que había aplastado las justas aspiraciones del pueblo.

Para reafirmar esta convicción se sumergía cada noche en la onda corta para sintonizar el programa “Escucha Chile”, de Radio Moscú; a veces las noticias hacían que su día terminara con la amargura de saber de nuevos detenidos y ejecutados, y en otras, con la esperanza de una revuelta popular que derrocara al dictador. Pero todos estos pensamientos de rebelión no se reflejaban en acciones. Además, los vínculos con sus compañeros de la hilandería cada día eran más distantes. Lo cierto es que Osvaldo fue quedando cada vez más aislado, más silente, y más desconectado del entorno que lo rodeaba.

Sin dejar de buscar empleo, hizo varios intentos para emprender algún negocio por cuenta propia: artesanías de cuero, mermeladas artesanales y venta de suscripciones a revistas, pero ninguna de estas iniciativas le produjo los resultados esperados.

Después de casi dos años de su liberación en Tres Álamos, logró ser contratado en el terminal del recorrido Pila Cementerio. Se trataba de un trabajo sin ninguna proyección, mal pagado y cuyo único mérito era que nadie indagó detalles de su pasado laboral ni sus opiniones políticas. La tarea de cada día era llevar un registro de las “vueltas” de los buses y los números de serie de los boletos cortados para un posterior control y recaudación.

Poco antes de encontrar este empleo, Gloria con su hijo se habían marchado a casa de sus padres. Dentro del pesar que Osvaldo sentía por la partida de ambos, agradeció que al menos no seguiría recibiendo regaños por la manera en que había conducido su vida antes y después del golpe. A partir de este momento, las rutinas domésticas coparon sus quehaceres diarios y solo los domingos acostumbraba ir al Mercado Persa, donde sentía reencontrarse con la esencia del pueblo chileno y, a veces, podía comprar un libro de modo muy discreto, cuidándose de no ser observado.

El lugar de trabajo era un terreno eriazo en las afueras de la ciudad con una pequeña caseta que hacía de oficina, y desde este lugar, alejado de todo, percibía cómo su país se iba transformando progresivamente. Todas las jornadas eran más o menos lo mismo: el tiempo transcurría lentamente, una radio a pilas era su conexión con el mundo y las conversaciones de los choferes sobre el fútbol o los incidentes y anécdotas en el trayecto eran los únicos temas de conversación.

Cuando recordaba su trabajo en la hilandería aparecía la tristeza, cuando algún dirigente de la asociación de microbuses reiteraba con tono arrogante el rol jugado por su gremio en los preparativos del golpe de Estado aparecía el miedo a perder este trabajo miserable y ser denunciado, cuando se enteraba de nuevas víctimas en las protestas callejeras aparecía la rabia, que era su estado de ánimo más recurrente.

Era en esos momentos en que Osvaldo repetía una y otra vez la frase atribuida a un dirigente comunista: “O se es yunque o se es martillo”. Así fue como llegó a la convicción de que la única alternativa posible para terminar con la dictadura eran las armas …claro que esta tarea se la dejaba a las nuevas generaciones ya que, según él, no estaba en condiciones por edad ni por preparación. Pero en realidad el miedo a sufrir la tortura nuevamente era lo que lo inmovilizaba y le impedía convertir sus pensamientos en acción.

Pasó un buen tiempo con su idea-deseo de la rebelión armada. Calificó las protestas que se habían iniciado en 1983 como “un esfuerzo inútil”, y sus expectativas aumentaban cuando las noticias daban cuenta de la ejecución o secuestro de algún agente de la dictadura. Sin embargo, cuando el domingo 7 de septiembre de 1986 vio al tirano haciendo declaraciones a la prensa después de haberse salvado de un ataque de francotiradores, Osvaldo sintió que Pinochet lo había derrotado por segunda vez.

Habían pasado trece años de miseria y dolor aliviados con la esperanza del magnicidio. Osvaldo seguirá viviendo su “inxilio”, siendo un extranjero en su propio país, que no lo respeta, que terminó por aislarlo, y que lo obliga a permanecer en un lugar que dejó de pertenecerle.

¿Tendría una nueva oportunidad, o la desesperanza y la amargura serían sus compañeras inseparables?