El Acomodo


Juan José Delgado provenía de una familia en la que no se pasaba hambre ni frío, pero tampoco sobraba nada. Había cursado sin problemas la enseñanza media en el liceo. A punta de esfuerzo logró su título universitario y con esta credencial pudo acceder a su primer empleo en una empresa pública.

Su carácter afable y respetuoso, más sus habilidades deportivas, le permitieron insertarse rápidamente en el que fue su primer grupo de trabajo y, a través de éste, se hizo de una red de amigos con los que compartía entretenidas veladas. Desde esa época y a pesar de ser de contextura gruesa, sus amigos, haciendo un juego de palabras con su apellido, lo apodaban “El Flaco”.

En este ambiente conoció a la hermana de un compañero de trabajo. Yolanda, una joven agraciada, de sonrisa auténtica, con ideas claras y hablar cordial pero directo. A poco andar, Delgado se las arregló para invitarla al cine y cuando la acompañó a su casa comprobó algo que le interesaba saber: su amiga era de un estatus económico superior al de él, ya que su padre era dueño de una pequeña empresa de transportes.

Al cabo de un tiempo, Yolanda era su polola. Por consiguiente, las visitas a su casa, normalmente a la hora de once, se hicieron más frecuentes. Varias veces le tocó compartir la mesa con el jefe de hogar, el que ante cualquier noticia sacaba a relucir su discurso conservador y un tanto autoritario, como respuesta a los profundos cambios sociales y culturales que ocurrían en ese entonces, fines de la década de los 60. Delgado astutamente optaba por cambiar de tema o simplemente asentir moviendo rítmicamente su cabeza. Y así, siguiendo con el juego de “el cliente siempre tiene la razón”, con el correr del tiempo Yolanda pasó a ser su esposa.

Lo que vino a continuación fue el día a día de un típico matrimonio joven de esa época: la adquisición de equipamiento para el hogar, el perfeccionamiento profesional, el ahorro para la vivienda, las próximas vacaciones, y los aprontes para la venida del primer hijo. Otras eran ahora sus preocupaciones y, para Delgado, quedaba atrás su época de estudiante en donde, más llevado por la masa que por convicción propia, apoyaba la reforma universitaria, cantaba canciones de protesta y participaba en los ritos de la cultura izquierdista como asambleas, foros y marchas estudiantiles.

Con la llegada del gobierno de la Unidad Popular aparecieron nuevos jefes que venían dispuestos a impulsar un programa de profundas transformaciones, lo que al interior de su organización significó remociones, traslados, cambios de procedimientos y muchas reuniones. Al principio, Delgado creyó ver una oportunidad de mejorar su posición e intentó sumarse a estos nuevos aires. En las conversaciones de pasillo y en los almuerzos manifestaba su opinión favorable al gobierno, estaba siempre dispuesto a colaborar, nunca dejando de mencionar su época de “luchas estudiantiles”. Pero a poco andar, y habiendo comprobado que su situación no mejoraba, en su círculo más estrecho empezó a criticar a las nuevas autoridades hablando de falta de preparación, inexperiencia y mucho “despelote”. Tomó distancia de sus nuevos jefes, cumplía con desgano las tareas que expresamente le eran solicitadas, siempre tuvo un motivo para no asistir a una asamblea o un pretexto para no dar su opinión en público. Estos cambios de actitud pasaron inadvertidos debido a las urgencias, los problemas económicos y el vértigo de los acontecimientos de esos días finales.

Y así se mantuvo, hasta que llegó el golpe de Estado.

Si hasta unas semanas atrás se cuidaba de no parecer “momio” o “golpista”, ahora su objetivo era que no lo acusaran de “upeliento” o “marxista”, distinciones que en esos días podían costar muy caro.

Expresiones como “era inevitable”, “no había otra opción”, “íbamos al despeñadero”, salieron de su boca en los primeros días del nuevo régimen de facto. Posteriormente hizo saber a la nueva autoridad, esta vez un aviador retirado, su disposición a poner todo su empeño y dedicación en la reconstrucción del país.

En las primeras semanas, todo aquel que tuviera una clara identificación política era despedido inmediatamente. Posteriormente, la “razzia” fue más selectiva. En esas circunstancias cayó uno de sus primeros amigos, Hugo Pereira, aquel que lo había apodado “Flaco” en sus inicios laborales y quien, sin tener militancia, había votado por la izquierda.  En momentos que éste pasaba por los escritorios despidiéndose de los que habían sido sus compañeros de trabajo, Delgado solo se limitó a decir “qué lástima”, cuidándose de no aparecer muy efusivo en la despedida. A lo más llegó a decir posteriormente que Pereira era “políticamente inofensivo” y de ahí en adelante no hubo ningún contacto con quien había sido su amigo en el trabajo.

Meses antes había nacido su primogénita, Marcia, y el padre primerizo sintió el alivio de saber que no tendría problemas para el sustento del hogar por cuanto el jefe de personal, a la vuelta de una concentración de apoyo al régimen, le había garantizado su permanencia en el puesto. Además, y no menor, ahora no tendría que hacer grandes colas para la compra de pañales y leche en polvo como había ocurrido hasta semanas atrás.

Con el tiempo, Delgado logró ser ascendido y por ello, fue cada vez más frecuente que se codeara con las jefaturas. Allí escuchó de primera fuente, y siempre con un silencio y una sonrisa cómplice, afirmaciones del tipo “el único comunista bueno es el comunista muerto” o los consabidos “por algo habrá sido” y “no serían blancas palomas” cuando una noticia ponía los pelos de punta por su crueldad. Otros hablaban de “presuntos desaparecidos” afirmando que habían sido vistos con sus amantes en Europa o justificaban las acciones represivas en los barrios por la supuesta necesidad de “restablecer el orden”. O simplemente el uso permanente de un lenguaje burlesco y despectivo para referirse a los partidarios del gobierno derrocado.

 

Consciente de los muchos secretos que se habían acumulado en su persona, a partir de entonces Delgado evitó comentar en su entorno la información de la que se enteraba en las reuniones y las muchas actividades que debía cumplir como persona de confianza -porque así ya lo consideraban sus superiores-. Fue vocal de mesa en los plebiscitos fraudulentos, asistió a cuanta marcha era convocado, pero, sobre todo, mantuvo silencio ante los innumerables negociados y arbitrariedades que pasaron ante sus narices.

Con sus nuevas responsabilidades, y con un segundo hijo en camino, Delgado recibió la sugerencia de que sería bueno que su esposa se integrara a las Damas de Fucsia, que era una de las tantas instituciones, de distintos colores, que dependían de alguna de las esposas de los generales de la Junta de Gobierno. Yolanda rechazó de plano esta propuesta, y solo después de convencerse, muy a su pesar, de que su negativa podría significar el fin de la carrera funcionaria de su esposo, aceptó.

Con el inicio de las protestas y la crisis económica, a Delgado le fue más difícil mantener este cerco de silencio al interior de su hogar. Yolanda se las había arreglado para salir de las Damas de Fucsia argumentando dificultades para administrar su hogar y la obligación de cuidar a sus padres. Los tambores de la radio Cooperativa que anunciaban las noticias de último minuto, le mostraron una realidad distinta a la que le habían contado, y ahora se sentía con la libertad de hacer preguntas difíciles y opinar sin rodeos, especialmente cuando argumentaba con lujo de detalles cómo habían ocurrido ciertos hechos.

Con la convocatoria del plebiscito que habría permitido extender por 8 años la presencia del dictador, a Delgado se le complicó aún más mantener este frágil equilibrio tanto al interior de su hogar como en su trabajo. Se daba cuenta de que era posible que los vientos cambiaran nuevamente de dirección y, amparándose en el carácter técnico de su trabajo, trataba de tomar distancia de aquellos que le habían otorgado el título de “persona de confianza”. Así, con grandes dificultades y concentrado en su trabajo, logró mantenerse, una vez más, un tanto alejado de la contingencia, aunque no pudo eludir su asistencia a algunas de las manifestaciones del SI.

Pero la mañana de sábado del 1 de octubre de 1988, cuando vio con sorpresa a Marcia, su hija adolescente, salir presurosa junto a otros vecinos para dirigirse a la concentración final del NO en la Panamericana Sur, Delgado se dio cuenta de que un largo ciclo de su vida estaba llegando a su fin, y que en el futuro no le sería posible acomodarse una vez más. Eran muchos los episodios de oportunismo y complicidad que marcaban su historia personal, los que, según él, había debido aceptar ante la necesidad de cuidar el bienestar de su familia.