Era una luminosa mañana
de octubre de 1973 cuando Silvia recibió una llamada telefónica del cura Pepe, quien
le solicitaba reunirse cuanto antes porque quería hacerle una petición. No le podía
entregar mayores detalles por el momento y sugirió que el punto de encuentro fuera
una parroquia en el barrio Brasil, esa misma tarde.
Silvia aceptó, pensando que la reunión tendría que ver
con la entrega de ayuda material a las familias que lo estaban pasando mal.
Tenía algo de tiempo disponible que no comprometía la preparación de su tesis
de grado de la carrera de Servicio Social. Además, estaba interesada en
averiguar la situación de algunos de sus amigos a los que había conocido años
atrás en la Parroquia Universitaria y, como era previsible dado el fuerte
compromiso político de éstos, le había sido imposible contactarlos en días posteriores
al 11.
Después de
intercambiar información sobre la situación y el paradero de los amigos
comunes, el cura le explicó que se estaba formando un servicio ecuménico
destinado a dar amparo a los perseguidos políticos y necesitaba que se
integrara a este equipo con dedicación completa. Se lo pedía a ella en
particular por ser una persona confiable, que no estaba en la mira de los
militares, y además su condición de asistente social la hacía muy necesaria en
las tareas que se habían iniciado recientemente.
Tratando de tomarle
el peso a la situación, Silvia intentó poner algunos resguardos, como que tenía
que terminar su tesis de grado, que no tenía experiencia laboral, y finalmente,
que le importaba mucho la opinión de sus padres, que temerían que su hija
pudiera ser acusada de extremista.
El cura la escuchó con
atención y le narró detalladamente dos casos concretos a los que se había
enfrentado esa mañana, y para los cuales aún no tenía respuesta, porque estaba
totalmente sobrepasado de tiempo: un jefe de hogar detenido en horas de la
madrugada y un joven baleado del que no se sabía su paradero. Ante esta
realidad, a Silvia no le quedó otra opción que tomar este inesperado desafío y convencerse
de que este trabajo que le proponían debía tomarlo como una expresión concreta
de su compromiso de fe, en una de esas me gano un pedacito de cielo, —ironizó para sí—. Y así, sin medir suficientemente los
riesgos, la postergación de sus planes de vida y el desgaste físico y emocional
que le esperaba, aceptó formar parte del equipo de asistentes sociales del
Comité Pro Paz.
El trabajo que se
le asignó, como a la mayoría de las asistentes sociales, era ser la primera instancia
en recibir el relato detallado de aquellos que pedían ayuda, para luego
derivarlos al área específica que abordaría su caso, ya fuera un recurso de
amparo, algún medio para salir del país, una ayuda material o una gestión antes
las nuevas autoridades.
Fue intenso y
difícil el aprender a relacionarse con las víctimas o sus familiares: darles tiempo para que pudieran descargar sus
penas y angustias, hacer las preguntas adecuadas en el momento oportuno, de vez
en cuando entregar una frase de comprensión y apoyo, para finalmente entregar
orientaciones de los pasos a seguir. Todo esto tratando de que la emoción no
traicionara su trabajo profesional, cuestión que reiteradamente le repetían sus
superiores mediante charlas o directamente, cada vez que se trataba un caso en
particular.
En la época del
cierre forzoso del Comité Pro Paz y la creación de la Vicaría de la Solidaridad
en 1976, Silvia había dejado ese aire de joven típica del barrio alto, alegre,
sin preocupaciones y un tanto ingenua. En
lo personal, se había independizado de sus padres. Y en su trabajo, debió
conocer casos de violencia y
maldad extrema, pero eso no la había quebrado, por el contrario: se había
fogueado en la trinchera de la defensa de los derechos humanos. Su lenguaje ahora
era directo y sin rodeos, en las entrevistas escrutaba cada detalle de su
interlocutor, sabía qué hacer frente a las diferentes situaciones que le tocaba
atender, fueran estos casos de despido del trabajo, detención forzada,
requerimientos para salir del país, o de desaparición. Estos últimos eran los
más complejos, ya que lo único que se podía hacer era presentar un recurso de
amparo cuyo destino casi seguro era ser rechazado por las Cortes, como había
ocurrido ya con miles de ellos.
En el trabajo cotidiano
se había ganado la confianza de sus superiores, mantenía una buena relación al
interior de su equipo de trabajo, a pesar de que no soportaba las rencillas
político-partidistas que de vez en cuando asomaban, como añorando los meses
previos al golpe. Tenía un grupo de amistades cercanas con las cuales se daba
tiempo para el relajo y darse apoyo. Además, era reconocida por los familiares
de las víctimas que acudían a ella para saber de alguna novedad, aportar un
nuevo antecedente o simplemente, bajo cualquier pretexto, tener un desahogo. Se
crearon vínculos tan estrechos con varios de ellos que el ser invitada a
celebraciones familiares fue algo que se dio naturalmente.
Con el paso del
tiempo vivió experiencias de lo más variadas, como el caso de unos familiares
que reclamaban airados y de malos modos por la burocracia de la Vicaría, que no
agilizaba la solución de sus problemas; en otros casos, se trató de situaciones
que le exigieron tener la agudeza para darse cuenta de que el relato de supuesto
allanamiento, prisión o tortura no era más que un cuento para obtener algún beneficio.
Hubo casos que le produjeron
mucha rabia e impotencia, como el de una familia que durante varios meses fue
engañada por un abogado inescrupuloso que les informaba de gestiones para dar
con el paradero de un familiar, sin que nada de eso fuera cierto. O aquella
persona que solicitó ayuda para salir del país, pues había evidencia de que los
servicios de seguridad andaban tras sus pasos, y mientras se verificaba la
información y se esperaba respuesta de alguna embajada, el perseguido fue
acribillado en la calle.
Todo lo anterior podía
considerarse que eran gajes del oficio, pero lo más fuerte fue cuando a la salida
de su trabajo, en la Plaza de Armas, una pareja se le acercó para amenazarla mostrándole
una foto de la casa de sus padres. A pesar de la contención de sus compañeros y
haber recibido tratamiento psicológico, por un buen tiempo el pánico se apoderó
de ella … pero, una vez más, salió adelante.
Desde que había
enterado 10 años en esta actividad, la acumulación de experiencias extremas le
empezó a pasar la cuenta: se sentía desgastada física y emocionalmente. En el
plano más íntimo seguía su existencia solitaria, ya no enfrentaba el día con el
entusiasmo y las convicciones de antes, su trabajo de tesis con una mirada del
servicio social enfocado en la promoción más que en el asistencialismo había
quedado en el olvido. A pesar de trabajar en una institución de iglesia, su fe
religiosa se había debilitado. La política, que por entonces aún se movía entre
las sombras, le empezó a llamar la atención. Cualquier tiempo libre prefería
dejarlo para el descanso en lugar de convivencias, espectáculos o fiestas. Coloquialmente
decía que la Vicaría la había hecho vieja antes de tiempo, y por eso la idea de
cerrar este largo capítulo rondaba en su cabeza cada vez con mayor intensidad.
Un día la Vicaría
amaneció conmovida porque los “corvos acerados” se habían hecho presentes
nuevamente, pero esta vez la víctima era un compañero de trabajo que tenía a su
cargo los archivos con la documentación de todos los casos que habían sido vistos,
y que constituían un material muy valioso no solo judicial sino también histórico.
Junto con el dolor y el horror por el asesinato de alguien tan cercano, sus
jefes se vieron en la necesidad de resolver quién continuaría con la delicada
tarea de resguardar este importante registro.
Nuevamente
Silvia fue llamada a una reunión, esta vez para ofrecerle hacerse cargo de los
archivos. Nuevamente, al igual que 13 años atrás, puso sus objeciones y
resguardos. Y nuevamente le dieron argumentos contundentes que le impidieron
negarse.
Una vez más sus
planes personales deberían seguir posponiéndose, pero esta nueva
responsabilidad era la culminación de una trayectoria laboral y humana marcada
por el compromiso con una institución, de la cual ella fue parte desde el
primer momento. Con un gesto de
satisfacción murmuró entonces el estribillo de una de las tantas canciones que
la habían mantenido con el espíritu en alto en eso duros años: “Tu voz será de todos los que un día tuvieron algo
que contar”.
