Eran pasadas las 7 de la mañana del 11 de septiembre en la casa de calle
Volcán Tupungato de Renca y todos los miembros de la familia se aprestaban para
sus tareas diarias; de fondo, la radio Corporación que cambió repentinamente la
entrega noticiosa de la mañana para dar cuenta de un movimiento de tropas en
distintos puntos del país. El personal de turno de la emisora hacía intentos para
comunicarse con alguna autoridad, se leían proclamas, se hacían recomendaciones
a la población y se intercalaba alguna de las canciones emblemáticas de la
Unidad Popular.
El padre decidió no salir a trabajar en su taxi, la madre corrió al almacén
más cercano para abastecerse de alimentos, el hermano menor no fue a la
escuela, e Ismael, el hermano mayor, decidió dirigirse a la Universidad Técnica,
donde cursaba el tercer año de Ingeniería Mecánica. Lo hacía convencido de que
era su deber estar presente por su condición de dirigente estudiantil ya que, hasta
ese momento, y desde la época del paro de los camioneros en octubre de 1972,
era el encargado de la coordinación de los trabajos voluntarios.
Al llegar a la universidad se unió a una asamblea donde junto a cientos de
compañeros, más algunos funcionarios y profesores, decidieron permanecer en el
recinto pretendiendo con esto hacer frente a la asonada golpista. Pero esta
acción testimonial recibió un fuerte castigo de las tropas, que ametrallaron
las instalaciones y posteriormente apresaron a los atrincherados y los trasladaron
al Estadio Chile.
Ingresaron en medio de golpes e insultos y los situaron en las graderías,
siempre con un soldado apuntando al grupo. Desde allí veían los desplazamientos
y gritos de oficiales y tropas, lo que por momentos aparecía como un caos total,
y en otros, como el desarrollo de un guion preparado con anterioridad y que se
llevaba a cabo hasta en sus más mínimos detalles.
Ismael hizo esfuerzos por asumir su condición de prisionero. Para ello trató
de mantener la calma y estar muy atento a cada detalle de lo que ocurría a su
alrededor. Sin embargo, las emociones iban y venían intercalándose los momentos
de relajo para “no tomar caldo de cabeza”, de horror y miedo cuando se enteraba
de los tormentos que recibía su admirado Víctor Jara y otros prisioneros que eran
sus dirigentes, de preocupación por la situación de su familia y amigos; y de
muchos episodios que pasaban por su cabeza. Uno de los recuerdos más
significativo fue cuando, viajando en el tiempo, se vio tres años atrás sentado
en esas mismas graderías, presenciando el estreno de la Cantata Santa María de
Iquique. Qué coincidencia más trágica —pensaba para sí— entre la historia de la matanza de 1907 y el momento
actual”. El canto final de la Cantata lo decía clarito:
“Quizás mañana o pasado o bien en un
tiempo más
La historia que han escuchado de nuevo sucederá
Es Chile un país tan largo mil cosas pueden pasar…”
Sus profundas reflexiones se vieron bruscamente interrumpidas cuando de
improviso fue conminado a subirse a uno de los buses que los trasladarían al
Estadio Nacional. Como fue de los
últimos en salir, se desprendió por un momento de su grupo y le tocó compartir
el asiento en la micro con un trabajador de una hilandería que dijo llamarse
Osvaldo y con quien siguió compartiendo algunos momentos en la nueva prisión.
Durante la permanencia en el Estadio, en el grupo de la universidad se
organizaron diversas actividades: alguno de los profesores se animó a dar
alguna charla, se armaban concursos de conocimientos, con trozos de cartón se
hacían juegos de ajedrez y damas, otros escribían cartas y poemas. La idea era estar
ocupado y controlar de algún modo la incertidumbre y el miedo que causaba el
momento en que se escucharía el llamado a concurrir al interrogatorio.
Asunto aparte, porque requería mayor organización, eran los grupos de canto
cuyo repertorio no era precisamente aquello que les habría gustado cantar a
todo pulmón, pero servía para pasar el rato y sentirse mejor. Las canciones eran
cuidadosamente seleccionadas de modo de no molestar a los guardianes, o más
bien, que no se dieran cuenta del significado de las letras.
Ismael se había preparado con una batería de coartadas para cada pregunta. Frente
a su interrogador optó por explayarse al extremo en sus respuestas con
historias que tenían algo de verdad y mucho de imaginación, pero que en
definitiva lo hacían aparecer como un tipo idealista, más bien de la masa, y
que había sido arrastrado a estas posturas de izquierda. Así es que aparte de
recibir amenazas si no contaba la verdad, maltrato de palabra y algunos golpes,
al poco rato lo enviaron de vuelta a las tribunas. No había ocurrido lo mismo con
Osvaldo, su compañero de asiento en la micro que los trasladó al Estadio Nacional, quien había
sido sometido a torturas de todo tipo en el sector del velódromo del estadio.
Por la presión de organizaciones que desarrollaban labores humanitarias,
más el interés de la dictadura por dar una sensación de normalidad, fue que se
desocupó el recinto para dar lugar a un partido de clasificación al Mundial de
fútbol. Parte de los prisioneros fueron enviados a otras cárceles y parte fue
liberado. Ismael estaba entre estos últimos.
En las puertas del estadio lo esperaba su padre en cuyo rostro había una
mezcla de alegría por el reencuentro y un sentimiento de orgullo por la
entereza moral que reflejaba su hijo al momento de abandonar la prisión. Habían
pasado casi dos meses desde su detención.
La vuelta a la realidad no fue fácil: por intermedio de una funcionaria de
la universidad recibió la noticia de que había sido expulsado y la recomendación
de mantenerse alejado, pues había demasiados ojos dispuestos a ganarse la
simpatía de las nuevas autoridades encabezadas por un coronel de ejército. Por
supuesto que la noticia le afectó, pero más le afectaba la tristeza de sus
padres de ver frustradas las expectativas del primer hijo profesional de la
familia. Será mi hermano chico el que cumpla este objetivo, —reflexionó— reponiéndose de estos oscuros pensamientos.
Después de unos meses haciendo lo que fuera necesario para ayudar a la
economía del hogar, logró emplearse en la sala de ventas de un importador de máquinas
europeas. El trabajo le resultaba atractivo, pues lo conectaba con sus estudios
de ingeniería mecánica, le quedaba tiempo para leer, y disponía de un teléfono
con el cual se podía comunicar con sus amigos y compañeros.
Rápidamente activó su red de contactos. El partido de fútbol de fin de
semana era la oportunidad de reunirse y compartir información de un modo más o
menos seguro. El párroco de la iglesia les facilitó una sala de reuniones donde,
con el apoyo de un actor que había llegado a Santiago buscando mejores
expectativas y seguridad personal, formó un grupo de teatro al que denominaron “Teatro
de la Esperanza”, haciendo un juego de palabras entre el deseo de un mejor
futuro y en referencia al cerro Esperanza de Valparaíso, de donde provenía el
profesor de teatro.
Además de las representaciones de teatro, todas con un guion que reforzaba
el sentimiento de unidad y disposición a enfrentar la adversidad, el grupo fue
la base que facilitó la participación de la comunidad en actos de celebración, eventos
solidarios, charlas y reforzamiento escolar. En cada una de estas actividades
se fue incubando la organización popular que sería tan significativa para la
movilización de los años siguientes.
Habían transcurrido varios años, Ismael compatibilizaba su empleo en la
importadora de maquinaria con sus variadas actividades de la población. Pero
inesperadamente un día recibió la noticia de que cerraba el negocio, pues era
imposible competir con la maquinaria china que había empezado a llegar por esos
años.
Nuevamente tuvo que reinventarse, y esta vez aprovechó su incompleta
formación universitaria para ser contratado como profesor de matemática en un
colegio particular subvencionado, los que por ese entonces hacían su debut en
el proceso de privatización de la educación.
Su vínculo con la educación le despertó una vocación escondida hasta
entonces, y le abrió la oportunidad de participar en la Asociación Gremial de
Educadores de Chile que, por esa fecha,
y en coordinación con otras organizaciones sindicales, planeaba un paro
nacional, fijado para el 11 de mayo de 1983. Ismael
se comprometió de lleno en la organización de esta actividad y se admiró luego
de su enorme respaldo y masividad.
Al día siguiente del primer paro en dictadura, Ismael recibió otra buena
noticia: Carola, su “coleguita” y compañera de vida, le comunicó que esperaban
un hijo. Ismael sintió que el largo período de oscurantismo podría llegar a su
fin, y que las ganas de continuar luchando, ahora renovadas, tenían un nuevo
motivo.
