La Visita Inesperada



No sé qué me pasa hoy, me siento rara, con miedo y con un malestar que no logro entender, no tengo ganas de nada y toda la mañana he estado a media máquina. Claro, no me había dado cuenta de que se acerca otro 11 de septiembre. Este año además se nos viene el plebiscito del Sí o el No y el ambiente está muy caldeado. Tengo la misma sensación de hace 15 años, en la antesala del golpe. Las noticias me dejan mal y no puedo evitar que pasen por mi cabeza los difíciles momentos de entonces y los meses siguientes.

Yo no era partidaria del gobierno de Allende porque nunca sentí que la forma de arreglar los problemas era por el camino que planteaba la Unidad Popular. No me gustaba la forma como hablaban sus dirigentes, y menos aún cómo me había cambiado la vida en los últimos años. Se había acabado la buena convivencia entre los vecinos, la política se metía hasta en las cosas más domésticas, los insultos y amenazas eran cosa de todos los días y el diario vivir se hacía cada vez más difícil por los problemas del desabastecimiento, las colas, el mercado negro y la entrega de algunos alimentos controlados por las JAP.

En el último tiempo las reuniones familiares eran cada vez menos frecuentes, y sólo con motivo de algún cumpleaños nos convocábamos tratando de no tocar temas que gatillaran apasionadas discusiones entre partidarios y opositores. Cuando ello ocurría, la abuela volvía una vez más con la historia de su padre, a quien le había tocado estar en el frente peleando por el ejército de Balmaceda en el 91, y reiteraba que nos anduviéramos con cuidado pues las guerras civiles eran cosa seria, especialmente cuando se está en el lado de los perdedores.

Pero llegó lo que temía: esa mañana las radios tocaban marchas militares entremezcladas con los bandos dando instrucciones perentorias. La gente, entre ellos mi familia, corría a buscar refugio y enterarse de lo que sucedía minuto a minuto. A medida que fue avanzando la jornada, se me cruzaba una sensación de alivio por la posibilidad de que de una vez por todas alguien pusiera orden y la vida retomara la normalidad, pero al mismo tiempo la incertidumbre: ¿Estaban todos los milicos alineados con el golpe o se dividirían? ¿Saldría la gente a la calle a defender a su gobierno o se quedarían en sus casas?  ¿Qué pasará con mis familiares y amigos que están en la vereda de enfrente? Al terminar el día, ya todo estaba consumado: tendríamos un Chile diferente en donde muchos conocerían “la justicia del vencedor”.

En los días siguientes al levantamiento del toque de queda, seguí más o menos con las mismas rutinas de siempre. Me mantuve distante del jolgorio de los ganadores y mostré un respetuoso silencio con los vecinos que entonces eran mis adversarios. En la familia todo estaba aparentemente normal, a ninguno le prohibieron seguir estudiando o continuar en su trabajo, pero a medida que pasaban los días me enteraba de nuevos allanamientos y detenciones, esta vez de modo más selectivo.

Una noche apareció por mi casa mi hermano Miguel, quien partió por explicarme que lo que me venía a decir tenía que ser cara a cara. Se trataba de un viejo amigo de la época del colegio, Ernesto, quien había llegado a su casa pidiéndole refugio, pues a duras penas había logrado eludir el cerco en Concepción después de ser allanadas un par de viviendas donde se suponía que estaba escondido. A los pocos días de la llegada del inesperado huésped, hubo una detención cerca de su casa y, según se había enterado, había sido por la delación de un vecino.

—Tú sabes que yo tengo que andarme con cuidado —me dijo— porque no se sabe cómo viene la mano con el coronel que llegó a hacerse cargo de la empresa. Además, en mi barrio hay muchos ojos mirando y es un riesgo para él y para mí que por un error propio o un soplo nos vayan a descubrir.

En concreto me venía a pedir que fuera yo quien le diera refugio hasta que lograra salir del país. Insistió en que su amigo corría serios riesgos y que, a pesar de tener posiciones extremas en lo político, no era una mala persona. Reforzó su petición con que mi casa no era motivo de sospecha, me recordó mi espíritu de colaboración en otras circunstancias y poco faltó para que me ofreciera la salvación eterna si aceptaba.

Así es que acepté, y tuve que aguantar la molestia de mi marido:

—Me parece pésimo que tomes decisiones sin consultarme. Nos pones en riesgo a todos por ayudar a un desconocido. Además que ni sabemos por qué lo buscan con tanto empeño los militares.

Con todos los resguardos del caso, un día al atardecer se apareció el nuevo huésped. Era un cabro de unos 24 años, alto y delgado, de “buena familia” —como diría alguna vecina en el barrio—, de trato respetuoso y atento a los detalles de su nuevo paradero. No pude evitar que se me pasara por la cabeza el por qué debía tener en mi hogar a este “pituquito” de provincia que andaba jugando a la revolución y ahora, como perro abandonado, tenía que buscar refugio justamente en una casa de los que semanas atrás consideraba sus enemigos.

Al comienzo todos nos forzamos a tener un trato formal. Solo nos encontrábamos en la mesa al mediodía y a la hora de la cena, hablábamos de cualquier cosa, nunca de política. Después de almuerzo nuestro huésped se iba al living a ver la telenovela “Muchacha italiana viene a casarse”, nada de noticias. Y mucha lectura en su dormitorio, incluso los libros escolares.

El día de su llegada me dijo que había dado mi teléfono a un contacto que estaba gestionando su ingreso a una embajada, que se presentaría como Paloma, que pediría hablar conmigo y mediante las frases “estoy comprando los materiales”, “ya empecé a hacer las cortinas”, “calculo que las cortinas estarán para tal fecha”, o “las cortinas están listas”, indicaría el avance del proceso para conseguirle asilo.

Como soy unos 12 a 15 años mayor, y aprovechándome un poco de ser la dueña del territorio, lo empecé a tratar como “cabro chico”: le hacía bromas, lo mandaba a hacer algunas tareas domésticas, y como lo hallaba parecido a un sobrino al que decíamos “Pirulo”, lo empecé a llamar así también. Este sobrenombre me pareció más apropiado, pues el nombre con que lo presentó mi hermano nunca me lo creí.

En la larga y tediosa espera de Pirulo nos dimos tiempo para conocernos más. Primero me habló de su familia en Penco, de la polola que había dejado en Conce, de sus estudios de Periodismo y de su trabajo político en las poblaciones. Después, y por insistencia de mi parte, me dio algunas pistas del por qué lo buscaban con tanto empeño. Pero no sé si este relato me dejó más tranquila o más preocupada.

Nuestras conversaciones fueron cada vez más espontáneas y francas, y así fue como un día me animé y le dije: —Mira, cabro: yo no entiendo mucho de política, te veo una buena persona, bien intencionada pero muy equivocada, porque no puedo entender que sostengas que la felicidad de un pueblo se va a lograr necesariamente pasando por un enfrentamiento armado. Cuando se desencadena la violencia —continué—, los pobres, a los cuales tú dices defender, son los que más sufren. Por último, espero que logres salir de este país, llegar sano y salvo a tu destino, y que allí tengas la tranquilidad para revisar todos estos cuentos que te has comprado.

Pirulo me escuchó atentamente y no hubo en su rostro una expresión de malestar por mis opiniones. Al contrario, se puso en actitud de que debía decir algo importante, y ordenó muy bien sus ideas antes de hablar.

Primero, afirmó, la violencia solo era la expresión final de un proceso de conciencia, organización y movilización del pueblo, que necesariamente se debía tomar el poder por la fuerza para hacer los cambios profundos que necesitaba la sociedad, y a los cuales siempre se iban a oponer los poderosos del país en complicidad con el gran capital extranjero. Que este camino no estaba exento de riesgos y retrocesos como el que estaba viviendo él en persona, pero que estaba convencido de que no había otra opción, que todo lo demás no eran sino cambios cosméticos que hacían que a la larga todo siguiera igual, y que su voluntad en adelante era continuar la lucha en el lugar donde estuviera.

Para alivianar el cierre de sus argumentos, me dijo que el tono con que yo le di mi opinión le recordaba los retos y recomendaciones que le hacía la monja cuando cursaba las preparatorias, y me anunció, con mucha picardía, que de aquí en adelante me llamaría “la madre superiora”.

En los días que siguieron había complicidad en nuestras conversaciones, nos hacíamos bromas, nos burlábamos de nuestras posturas políticas, compartíamos las tareas de la casa hablando de cualquier cosa, y también nos dábamos momentos de reflexión en que Pirulo me transmitía sus temores sobre el futuro que le esperaba. Hasta que un día llamó Paloma para informar esta vez que las cortinas estaban listas y las pasarían a entregar al día siguiente a mediodía. Habían pasado casi dos meses desde su llegada.

El auto de la embajada llegó a la hora prevista, nos despedimos con un fuerte abrazo y me prometió que se mantendría en contacto desde donde estuviera, y que cuando volviera, la madre superiora sería una de las primeras a quien pasaría a saludar.

Durante todos esos años recibí sus saludos de fin de año. Cada cierto tiempo me escribía alguna carta contándome de su vida en Europa, de sus logros y desventuras, de sus esperanzas y de sus decepciones, de sus amores y de sus quebrantos. Incluso en una oportunidad me llamó por teléfono y aquella vez me contó que su pasaporte tenía estampada una letra “L”, y que con esa marca no podía ingresar al país. Yo le transmití ánimo y paciencia, que algún día lo tendría de vuelta, y que esta vez probablemente no estaríamos tan lejos en nuestras posiciones como años atrás.

Y estando metida en mis recuerdos de esos momentos tan complejos fue cuando el noticiario del mediodía informó que el gobierno, a poco más de un mes de la fecha del plebiscito, había decretado el fin de la prohibición de ingreso al país. La “L” en el pasaporte ya no sería impedimento para retornar.

Pasaron los días, yo seguía en medio de mis quehaceres diarios, me había olvidado de la autorización para la vuelta de los exiliados y la verdad no me creí mucho el cuento de que Pirulo volvería a verme. Pero una tarde sonó el timbre de mi casa, y ahí estaba de vuelta.

Debo confesar que mi corazón sufrió un sobresalto al abrir la puerta y recibir su estrecho y cálido abrazo. Sobresalto que, a fin de cuentas, era la expresión de la amistad que habíamos forjado en ese par de meses, y que solo en este momento me daba cuenta de cómo había echado raíces después de tantos años.