Buena parte de mi
vida he sido el “jamón del sándwich”, no sé si será por mi carácter o por las circunstancias,
pero lo cierto es que moverme entre posiciones contrapuestas no lo he elegido,
simplemente lo he tenido que asumir.
Soy el típico
exponente de la clase media. Mi padre, Samuel Acevedo, fue el primer miembro de
su familia que terminó las humanidades, y el liceo Amunátegui fue el que lo
impregnó de los valores de la educación pública, que hacía de la formación de
ciudadanos una de las principales preocupaciones de sus autoridades.
Como era frecuente
en esa época, el empleo público era el destino probable de los que debían salir
a trabajar una vez terminada su educación secundaria. Ese ocurrió con mi padre,
que presentó sus papeles para postular a una plaza de asistente administrativo
en la Casa de Moneda, ubicada cerca de su casa. Después de un breve
interrogatorio sobre geografía política de Chile y el nombre de autoridades de
gobierno, además de una carta de recomendación, su postulación fue aceptada. Este
empleo fue el único que tuvo por más de 35 años, en donde pasó por distintas
funciones hasta alcanzar el cargo de encargado de Tesorería.
La Casa de Moneda y
el barrio de Quinta Normal fueron los lugares en donde cultivó amistades,
amores, entretención, y también donde hizo algún guiño a la política cuando apoyó
una campaña municipal del Partido Radical, reafirmando así su estilo laico,
democrático, y convencido de que no había problema que no se pudiera resolver en
una mesa bien servida y bien regada.
Pasaron varios años
de una vida sin sobresaltos, con un empleo seguro y con la expectativa de
seguir progresando en torno a una familia por la cual estaba dispuesto a darlo todo,
especialmente a nosotros, sus dos hijos, en quienes veía proyectados sus más
profundos anhelos de superación. Quería que llegásemos a la universidad y no
había actividad en la que no estuviera presente apoyándonos. Yo, el mayor, siempre
tuve un carácter tranquilo, disciplinado y apegado a las normas. En cambio,
Gaspar, mi hermano menor, se caracterizaba por su espontaneidad, autonomía,
sentido crítico y su disconformidad vital.
Siguiendo la
trayectoria de mi padre, cuando terminé la escuela me matricularon en el liceo
Amunátegui y, llegado el momento, lo mismo ocurrió con mi hermano. Pero éste
permaneció solo un par de años pues, contra la opinión de mis padres, tomó la
decisión de cambiarse al liceo Darío Salas, argumentando que había métodos de
enseñanza más avanzados. Pero la verdad es que iba al encuentro de un grupo de
estudiantes revolucionarios que operaba en ese establecimiento.
Así, a fines de la
desafiante década de los sesenta, las bases secundarias miristas contaban con
un nuevo militante el que, a muy poco andar, puso su nombre en las comisarías
al ser detenido haciendo rayados callejeros. En esa oportunidad, mi padre debió
acudir en su auxilio acompañándose por mí, y tuve que presenciar en silencio la
reprimenda que recibió mi hermano una vez en libertad.
A partir de ese
hecho las discusiones entre mi padre y Gaspar fueron recurrentes. Cualquier acontecimiento
nacional o internacional era motivo para que se abriera la confrontación entre
la visión respetuosa de la institucionalidad versus los cambios radicales inspirados
en la revolución cubana y el ejemplo del Che. Por mi parte trataba de
intermediar reconociendo la necesidad de profundas transformaciones como
planteaba mi hermano, pero afirmaba que esto era posible hacerlo sin recurrir a
la violencia.
La elección de 1970
puso una pausa en la discusión, cuando todos en nuestra familia apostamos por
Allende, pero con distintos grados de adhesión y convencimiento. Mi padre
siguió los vaivenes de los radicales, que por ese entonces estaban en
posiciones progresistas; Gaspar creía que el apoyo era sólo una táctica para
crear mejores condiciones de lucha, y que era una ilusión pretender hacer
transformaciones revolucionarias dentro de los límites de la democracia
burguesa; mi madre, como era costumbre en esa época, siguió las decisiones de
su marido; y yo, porque veía que Chile tenía una historia de organización y
movilización popular que hacían posible alcanzar el poder a través de las urnas.
A poco andar del nuevo
gobierno cada miembro de la familia interpretó la realidad que se vivía de
manera diferente: mi padre, con la aprobación de mi madre, ahora era opositor y
decía que la Unidad Popular se había ido a un extremo, que querían estatizar
todo, y que el sectarismo y el desorden campeaban en las empresas y en las
instituciones del gobierno. Por su parte Gaspar, que ese año había ingresado a
la carrera de sociología, se movía entre la universidad, que se había
convertido en su punto de reunión política, y el barrio industrial de Cerrillos,
donde se estaba apoyando la creación del Cordón Industrial con los sindicatos
de trabajadores.
Por mi parte, me
interesaba terminar mi carrera de administrador público, independizarme
económicamente y hacer mi carrera en un organismo estatal. Por esta razón no me
involucraba mucho en esta guerrilla política que se vivía en los lugares de
trabajo, en los centros de estudio, en la calle, y lamentablemente en mi casa,
donde tenía que jugar siempre el rol del “niño bueno”, cuestión que no siempre
fue de mi gusto, ya que muchas veces envidié la forma de vida de mi hermano.
Como las tensiones
entre mi padre y Gaspar habían llegado a la agresión verbal, un fin de semana mi
hermano alistó sus bultos y avisó que se iba a vivir con otros compañeros.
Desde ese día prácticamente no se supo nada de él, hasta que semanas después lo
busqué en la universidad y me enteré de que estaba dedicado prácticamente a
tiempo completo al activismo político y que veía como inevitable un
enfrentamiento armado. En mi casa solo conté que lo había visto, que estaba
bien, pero no hice mención de mis temores.
Los primeros días
después del golpe, la angustia era el estado de ánimo habitual de mi familia al
no saber la suerte que estaría corriendo Gaspar. Para mi padre estos fueron muy
malos momentos y de mucha contradicción. Su forma de entender la vida lo hacía
sentirse el responsable de darle dirección y contención a la familia, de
mantenerse como proveedor, para lo cual debía estar lejos de la sospecha en su
empleo, y sobrellevar, sin expresarlos, sus sentimientos de culpa al sentir que
de algún modo su intransigencia había agudizado el conflicto y empujado a su
hijo a tomar decisiones que él nunca entendió.
Pasaron muchas
semanas con la angustia de no saber si Gaspar estaría escondido, lo habrían
matado, lo tendrían preso o habría salido del país. Pero un día en la
universidad recibí un recado que me entregó un desconocido, informando que Gaspar
aún permanecía en Chile y reiteraba el afecto hacia su familia.
Después de eso hubo
un par de oportunidades en que hizo saber de su situación. Hasta que un domingo
en la noche se sintió el llamado en la puerta de nuestra casa. Era Gaspar,
vestido con traje, lentes y pelo recortado aparentando ser una persona de edad
mediana. Dijo que venía a despedirse, pues estaba saliendo del país. Junto con
el alivio y la alegría de verlo vivo y poder abrazarlo, de todos modos, los
silencios delataban reproches y temores. Pero mi hermano reiteró que estaba
consciente del paso que estaba dando, de los riesgos que corría, y que quizás podría
ser la última vez que nos vería, pero esta era la vida que había elegido para sí.
No hubo preguntas sobre el lugar al que se dirigía ni qué es lo que iba a hacer.
Y de nuevo la angustia
de no tener ninguna comunicación con Gaspar. Mientras yo trataba de dar
contención, mi madre hacía mandas para volver a tener a su hijo de vuelta y mi
padre había caído en un profundo ensimismamiento que daba cuenta de cómo su
proyecto de vida se había desmoronado a consecuencia de la opción de vida de
uno de sus hijos.
La incertidumbre
resultaba desesperante, pues nadie de nosotros tenía alguna posibilidad de
contactarse con las redes clandestinas y solo cabía estar atentos a las
noticias que difundían los medios controlados por el régimen. Un par de años
después de la despedida de Gaspar, los canales y radios lanzaron una noticia de
último minuto: se había detectado un grupo de guerrilleros en el sur del país, los
que habían sido aniquilados en enfrentamientos con las fuerzas regulares.
Al comienzo las
noticias no informaban los nombres de los guerrilleros muertos y la
desesperación cundió. Se sospechaba lo peor. Días después, el noticiero de la
noche confirmaba nuestros temores: Gaspar Acevedo era mencionado como uno de
los guerrilleros abatidos en los enfrentamientos.
Con el dolor a
cuestas, tuve que viajar rápidamente a Valdivia para hacerme cargo del cuerpo
de mi hermano. Cuando estaba concluyendo el proceso en la morgue local y me
aprestaba a iniciar el viaje a Santiago con los restos de Gaspar, un
funcionario anónimo me entregó un papel arrugado, sucio y mojado que habían
encontrado en su ropa:
Querida familia:
El que no haya tenido comunicación con ustedes no
significa que los he olvidado, todos los días los recuerdo, pero cualquier
correspondencia que sea interceptada podría significar que el esfuerzo que
hemos estado haciendo pudiera fracasar de la noche a la mañana.
Entiendo que el camino que he elegido para luchar por una
sociedad más justa y solidaria no haya sido enteramente comprendido, y
probablemente les he provocado más de un sufrimiento. Discúlpenme si no supe responder al gran
cariño que siempre recibí de mi familia.
En estos momentos estamos pasando por momentos difíciles,
hemos sido denunciados por lugareños y los militares ya están tras nuestros
pasos. Si todo funciona, podríamos romper el cerco y enfrentarnos a una
situación más favorable. Espero que podamos encontrarnos en algún momento.
Si así no fuera, sepan que mis pensamientos estarán con
ustedes hasta el último momento. Reciban todo mi cariño.
Gaspar
