Al llegar
al aeropuerto de Santiago, miro la hora y compruebo que fui pesimista al
estimar las demoras por los posibles tacos y desvíos; así es
que tengo tiempo para un café a la espera del vuelo que trae a Domingo desde
Canadá. Me sentí muy contento de que se acordara de mí para pedirme que lo
recogiera y luego llevarlo al terminal de buses con destino a Putaendo, pequeño
poblado en el valle del Aconcagua donde reside su familia.
La última vez que
nos vimos con Domingo debe haber sido en 1975, cuando se
encontraba pronto a partir como
refugiado, lo que le permitió salir de Chile, aprender inglés y luego conseguir
trabajo en Canadá, su país de destino.
Claro, mi amigo la
había pasado muy mal después del golpe: había perdido su pega de profesor en
una escuela rural, fue torturado y estuvo preso cerca
de un año. Después, en libertad, golpeó muchas
puertas en busca de trabajo, sin ningún éxito. El típico comentario de esa
época: “algo habrá hecho”, se había establecido como una segunda condena entre
quienes lo conocían.
Atento veo que en la pizarra
se anuncia la llegada del vuelo de Toronto y me uno a esa masa ansiosa que con
el cuello estirado se agolpa frente a la puerta de salida. No sé si lo
reconoceré después de 20 años, ya que nuestro contacto, si bien no se ha roto en
todo este tiempo, se limitó al intercambio de tarjetas de saludo de fin de año.
Al verlo acercarse con tranco ligero desde el último
control lo distinguí perfectamente, sentí que era el mismo que se había ido entonces, un
poco canoso por supuesto, pero su contextura y manera de caminar eran las mismas;
así es que sin mediar palabras nos fundimos en un largo abrazo.
—¡Tanto tiempo, Chumingo! ¡Qué gusto tenerte de vuelta
nuevamente por tu tierra! —le dije. Me miró, hizo una pausa y respondió: —Sí, Hace mucho
tiempo que no me aparecía por estos lados—. Su silencio previo, su tono de voz
y su frase pausada me pusieron sobre alerta de que en este largo período se
habían acumulado muchas vivencias que no se podían resumir en un saludo.
Saliendo del
aeropuerto le manifesté que antes de continuar su viaje sería imperdonable que
no hiciéramos un aro para recordar viejos tiempos y, si bien era temprano para almorzar, nos encaminamos rápidamente al restaurante El
Hoyo en el barrio Exposición, cerca de la Estación Central. Allí, en medio del
rumor de los parroquianos y el ir y venir de los meseros, partimos con una
jarra de terremoto y una pichanga.
Después de las
consabidas preguntas sobre la familia, recuerdos de conocidos comunes, darle mi interpretación de cómo había
cambiado este país con la vuelta a la democracia y cómo se estaba modernizando
la ciudad, nuestra larga y regada conversación siguió con algo de lo que solo
me di cuenta después de bastante tiempo: con Domingo nos conocemos desde los 12
años, pero nunca me detuve a conocer
mayores detalles sobre su lugar de origen y su familia, ya que por su condición de interno en el liceo donde
estudiábamos, apenas compartíamos los recreos de lunes a viernes durante el
período de clases, y lo que conversábamos no pasaba más allá de temas
cotidianos e intrascendentes.
Reaccionó bien a mi
pregunta. Partió afirmando que le había tocado vivir los estertores del
inquilinaje en el campo chileno, ese sistema patriarcal en donde el propietario
de la tierra conseguía mano de obra barata a cambio de la entrega de una
vivienda rústica, una pequeña superficie de terreno para la mantención de una
chacra y talaje para unos pocos animales. Un sistema en que se trabajaba de sol
a sol, a cambio de una mala paga, la entrega de la “galleta” —un pan tipo tortilla— y legumbres.
—La
Hacienda Lo Pardo, donde nací —siguió diciendo— era un
territorio extenso en cuya entrada estaba la casa patronal y cerca de allí, la
bodega, el taller, la casa del “llavero” y de otros trabajadores de confianza,
la capilla que se abría en la época de las misiones y la escuela, atendida por
dos profesoras que residían en el lugar. En los bordes de la hacienda se
distribuían alrededor de 70 viviendas de barro y piso de tierra destinada al
inquilinaje. A una de ellas llegó a vivir mi abuelo,
en una fecha que nadie recuerda.
>>La
rutina del día a día solo se rompía para los rodeos, la trilla, algún velorio
de esos de tres días, alguna fiesta religiosa en una localidad vecina —mi papá
pertenecía a una de las cofradías de bailes chinos— o la Navidad, en donde la esposa
del patrón dejaba caer regalitos y dulces desde el balcón de su casa.
>>Una
vez que falleció el abuelo, seguimos ocupando la misma casa, y gracias a que mi papá tenía habilidad con los fierros y la carpintería,
logró mejorar un poco la situación de la familia. Así evitaron que tuviera que
entrar a trabajar una vez terminada la primaria, como ocurría con muchos de mi
generación, y pudiera continuar mis estudios como interno en el liceo de la
ciudad. Tengo buenos recuerdos de esa época porque, a pesar del encierro y el
régimen de horarios, gracias al apoyo de los inspectores y compañeros logré
superar algunas dificultades con el estudio y terminar mi sexto de humanidades
sin mayores inconvenientes.
Luego nuestra
conversación derivó en un interrogatorio, mientras devorábamos un pernil con
papas cocidas.
—Claro, eso ocurría
en la época que compartimos en los años de liceo —dije—, pero ¿Cómo fue que te
hiciste profesor?
—Debes recordar que el año que
egresamos del liceo asumió la presidencia Frei padre, y una de sus primeras
medidas fue ampliar la enseñanza primaria a 8 años y aumentar la matrícula,
construyendo muchos nuevos establecimientos. Y como las Escuelas Normales no
estaban en condiciones de proveer la cantidad de profesores requeridos, el
gobierno ideó un plan de formación rápida de docentes. Así fue como en cosa de
pocos meses después de egresar del liceo me convertí en un “profesor Mármicoc”,
como nos llamaron en la época, aludiendo a la conocida marca de ollas a
presión, y me asignaron a una escuela rural en el mismo
Valle del Aconcagua.
—¿Y cómo fue pasar
tan rápidamente desde ser estudiante interno a profesor de campo?
—Me
tomé muy en serio la importancia de la labor del profesor en ambientes rurales.
Así es que para aliviar la presión que representaba mi escasa preparación
académica, estudiaba cuanto material caía en mis manos para mejorar los
conocimientos y las técnicas de enseñanza. Por otra parte, viví a concho esta
etapa de oportunidades y posibilidades, que entre otras cosas me amplió la
mirada más allá del mundo estrecho que había conocido hasta entonces. Viajé a
Santiago y Valparaíso, me compré una enciclopedia universal de 10 tomos, conocí
gente interesante y hasta me daba tiempo para pololear.
>>Con la llegada de la Reforma Agraria se produjo un enorme
cambio en la vida de esos campesinos que, generación tras generación, no habían
conocido otro tipo de vida que no fuera la sobrevivencia. La escuela fue el
centro de variadas actividades comunitarias, y yo, con la autoridad que me daba
ser “el profe”, pasé a ser un referente para muchos de ellos ya que me podía
expresar de buena manera, pero, sobre todo, conocía muy de cerca lo que era la
vida del inquilino. Recuerdo que por entonces, y teniendo presente que la
misión del profesor era ir más allá de enseñar conceptos y operaciones
aritméticas, pinté en un muro de la escuela el lema “Sé alegre y trabajador”.
—¿Y de ahí te
involucraste con el gobierno de la Unidad Popular?
—Claro, el proceso se había iniciado y era necesario profundizarlo, de
modo que me involucré en la actividad política, me relacioné con los dirigentes
de la zona e incluso llegué a ser secretario comunal de mi partido.
—¿Y así te pilló el golpe?
—Esa mañana, una vez que me
enteré del alzamiento, toqué con toda fuerza la campana de la escuela llamando
a la comunidad a defender el gobierno popular, pero la verdad es que solo
llegaron unos pocos jóvenes. Al poco rato apareció una patrulla de carabineros
del retén más cercano, me detuvieron y me entregaron a los militares. Estuve
varios meses preso y al final me liberaron, sin cargos.
Después de este
último relato, Domingo entró en un profundo silencio y, para cambiar de giro la
conversación, me desplacé varios miles de kilómetros para preguntarle sobre su
vida en Canadá. Esta vez sus respuestas fueron animadas y concretas; me comentó
que como cualquier inmigrante proveniente de estos lados tuvo dificultades con
el idioma, las costumbres, el paisaje y el clima. Hasta que al final logró
insertarse en esa sociedad, formó familia con una salvadoreña, con la que tuvo
dos hijos, y se ocupaba en trabajos de mantención de viviendas, con lo cual
vivía dignamente.
Me llenó de
detalles de cómo era la vida en Toronto. De vez en cuando me preguntaba sobre
algunos episodios ocurridos durante la dictadura, mi
vida en Santiago, mi familia y mi trabajo como vendedor técnico de una firma
dedicada al aire acondicionado y refrigeración.
El trayecto hacia
el terminal de buses lo hicimos en silencio. Yo no interrumpí a Domingo,
viéndolo muy concentrado en los cambios de esta ciudad que había visto por
última vez hacía 20 años, camino al aeropuerto.
En el andén, y a
minutos de la despedida, Domingo me dice: —Hay algo que no te he contado, y que
explica la razón por la cual no vine en tantos años: mientras estuve preso hubo
un momento en que no soporté la tortura y entregué los nombres y las
direcciones de mis compañeros del partido. Rápidamente fueron detenidos y también lo pasaron muy mal; pero a
diferencia mía, permanecieron en este país después de sufrir encierros,
tormentos y relegaciones.
Con tono
compungido, prosiguió: —He cargado por años la vergüenza de esta delación que
hasta ahora no había compartido con nadie. Mis remesas en dinero a mi familia
no me exculpan de esta larga ausencia, ni las actividades en que participé en
solidaridad con Chile durante la dictadura compensan que haya entregado a mis
compañeros. ¡Ahora vengo a dar la cara, disculparme y esperar que me perdonen!
Próximo el bus a
iniciar su marcha abracé a Chumingo y le dije: —Hubo una razón justificada para
partir, pero también la hubo para volver. Lo que te sucedió, les sucedió
también a muchos otros. Nadie te podría cuestionar. ¡Anda! Preséntate ante tus
compañeros de entonces, reencuéntrate con tu familia, recorre los rincones de
tu tierra campesina, goza cada momento de esta venida, ¡y que estos sean los
recuerdos que te acompañen de aquí en adelante! ¡A partir de este viaje serás
más libre! ¡Hasta pronto!
