La Maestranza


 

El país está sumido en la incertidumbre y el miedo, los rumores van y vienen, los bandos militares amenazan mañana, tarde y noche, los derrotados por el golpe militar intentan, por cualquier medio, saber de sus familiares y amigos.

Desde un cerro de Valparaíso una madre envió a sus dos hijos adolescentes hasta Limache para saber de sus compadres. Desde una localidad del norte chico un profesor rural mandó cartas informando que todos estaban bien y preguntando por el resto de su familia. Un tío se arriesgó un domingo de mañana para visitar directamente a su sobrino en otro barrio de Santiago. Y Desiderio, como muchos otros, tomó el teléfono y llamó a su amigo Juan, cuidando cada palabra,  para confirmar la noticia de que se había salvado de ser llevado al Estadio Chile.

Cuando niños, Juan y Desiderio vivían en la misma cuadra, iban a la misma escuela, participaban de las fiestas familiares, jugaban por el mismo club de futbol y compartían sus secretos, entre ellos, los de sus primeros acercamientos amorosos con algunas compañeritas del colegio.  Años después, y por razones de trabajo, Desiderio se cambió de barrio. Pero el vínculo se mantuvo, pues de vez en cuando se encontraban en alguna reunión del comité regional del partido en el cual militaban.

En esa llamada, después de un breve intercambio de información, quedaron de juntarse al día siguiente para ver alternativas de sobrevivencia, ya que ambos, que habían hecho una carrera de funcionarios, habían sido expulsados de sus trabajos.

Los pocos intentos que habían hecho recurriendo a sus contactos fueron infructuosos, ya que unos estaban en peor situación que ellos y otros, sobrepasados por el miedo, no querían involucrarse en nada que los comprometiera. Por otra parte, ayudar en el pequeño negocio de un pariente no daba más que para reemplazos en fines de semana. Así es que no quedaba otra que armar su propio negocio, pese a que no tenían capital ni experiencia.

De todas las alternativas que revisaron solo una pareció posible, aunque no exenta de dificultades: se trataba de un galpón en Quinta Normal donde había funcionado una pequeña maestranza de unos parientes de Juan y donde permanecían en estado de casi abandono máquinas en desuso y algunos restos de materiales.

Después de contar con la autorización de la familia, los flamantes socios fueron a reconocer las instalaciones. Allí encontraron en medio de la basura, un torno, un taladro de pedestal, una sierra, una fragua, una máquina de soldar, algunas herramientas y harto despunte metálico.

Por esos días ya era noticia que se había constituido el Comité Pro Paz, una agrupación de iglesias liderada por el cardenal Raúl Silva Henríquez, que estaba dando apoyo a los perseguidos. Así es que Juan y Desiderio decidieron ir por si aparecía algo que los ayudara.

El Comité Pro Paz era un hervidero de gente. Allí se mezclaban curas, monjas, abogados, asistentes sociales, jóvenes voluntarios que apoyaban en diversas tareas y gente de todas las condiciones que esperaba ser atendida. En esa sala de espera fue que conocieron a Jorge Moya, un hombre de mediana edad, de contextura gruesa, de respuestas directas, quien les contó que había sido jefe del taller de mantención en una fábrica de hornos de panadería, y que por su condición de dirigente sindical también había sido expulsado sin mayores explicaciones.

Con la notificación del Comité Pro Paz de que no contaban con recursos para estos fines y que solo podían darles algunas sugerencias y contactos, por un momento Juan sintió que habían perdido la mañana. Pero, estando consciente de su absoluto desconocimiento del mundo de los fierros, y sin darle demasiadas vueltas al asunto, le propuso a Moya que se integrara al proyecto que se iniciaba. Éste, después de algunas aclaraciones aceptó, diciendo que era preferible esta aventura a no hacer nada. Quedarse en la situación actual lo exponía además a ser considerado sospechoso en algún control militar, que por esos días eran de común ocurrencia, en cualquier hora y en cualquier lugar.

Jorge inició su trabajo preocupándose de echar a andar el taller, dirigió las tareas de limpieza y orden, y se hizo cargo de enseñarles a sus nuevos socios el oficio de un pequeño taller metalmecánico.

La falta de suministro eléctrico se resolvió colgándose de la instalación de un vecino, que aceptó proveerles por un breve tiempo a cambio de un pago estimado. Los primeros trabajos los obtuvieron a punta de recorrer el vecindario ofreciendo rejas y protecciones de ventana con pago anticipado para la compra de materiales. Aprovecharon todos los restos de fierro que encontraron en el galpón, y fueron varios carritos licoreros, porta maceteros, estanterías y otras artesanías metálicas los que lograron vender en las ferias navideñas.

Estando aún vivo el temor de ser denunciados por alguien del vecindario y con la incertidumbre de no poder sostener el negocio en el futuro, los socios cerraron el año 1973 con la satisfacción de haber sobrevivido. Por esos días se aventuraron a bautizar su negocio como Estructuras Metálicas “NNM”, nombre que formalmente se refería a los apellidos Naranjo, Núñez y Moya, pero en realidad el significado que sus socios le dieron era “No nos moverán”, rememorando así la canción que había popularizado Joan Báez y posteriormente en Chile, el conjunto musical Tiempo Nuevo, con una letra adaptada a la contingencia previa al golpe de Estado.

En los meses siguientes ocurrieron varios casos de una suerte de lenguaje del silencio en donde gente desconocida, estando en una posición de poder y dándose perfecta cuenta de lo que había detrás de NNM, hacía la vista gorda frente a una irregularidad o los favorecían sin tener el respaldo suficiente. Así ocurrió con un inspector municipal que no les cursó un parte por trabajar sin patente, el administrativo de una barraca de fierro que les otorgó crédito a sola firma o un jefe de compras que les dio las pautas para ganarse un contrato.

En los meses siguientes, y como el negocio estaba más o menos estable, aparecieron varias solicitudes de trabajo de familiares y amigos que también habían sido despedidos. A algunos se les pudo responder favorablemente, a otros, darles un pequeño trabajo temporal y a otros sólo se les podía dar un certificado de trabajo falso para que pudieran tener una coartada ante cualquier detención o para postular a un empleo…  Y así fue como el taller logró albergar 8 compañeros con distintos empleos previos: un capataz de la construcción, un profesor de educación física, un gendarme del servicio de Prisiones, un nochero, varios funcionarios públicos e incluso un profesor universitario. Además, como el taller era un lugar relativamente seguro, fue el punto de reunión de la militancia clandestina que a esa fecha se empezaba a reorganizar.

En la medida que NNM se consolidaba y contaba con una clientela más diversa que incluía algunas empresas importantes, fue necesario invertir en algunas máquinas y medio de transporte. Se había construido una mínima organización donde Juan tenía a su cargo la representación legal y el manejo de las platas, Desiderio las compras y la relación con los clientes, y Jorge el manejo del taller.

Se sucedían los contratos uno tras otro. Si alguno de sus trabajadores se retiraba porque había encontrado un mejor empleo o había decidido salir de Chile, era rápidamente reemplazado por otro debidamente recomendado. Todos, incluidos los socios, tenían su contrato de trabajo, cada año se celebraba el aniversario de la maestranza en donde junto al personal eran invitados clientes, proveedores y amigos, tanto los del barrio como aquellos otros que entraban y salían discretamente del recinto de tanto en tanto.

Pero un día de enero de 1983, todo el castillo de naipes en que se había transformado la economía del país se derrumbó de la noche a la mañana. Y con ello NNM, que mantenía una considerable cuenta por cobrar de una empresa importante que acababa de quebrar.

Llamaron al contador, quien les demostró la difícil situación en que quedaba la empresa: todo el esfuerzo de más de nueve años se había perdido de la noche a la mañana. Solo había dos opciones: liquidar el negocio y que cada uno resolviera qué camino tomar, o intentar continuar, teniendo que deshacerse de equipos, quedarse prácticamente sin personal, no tener el crédito de los proveedores y arrastrar en adelante una gran mochila de deudas.

Cargando esta lapidaria conclusión, Naranjo, Núñez y Moya se encaminaron a “La Catedral”, el boliche donde muchas veces fueron a celebrar sus logros. La reunión partió en medio de lamentos por el proyecto fracasado, pero a medida que se vaciaban las botellas de vino, brotaron las anécdotas de la historia de NNM, brindaron por haber levantado a pulso una fuente de trabajo y haber sostenido a varias familias. Cuando se estaba produciendo el silencio que antecede a enfrentar la realidad y tomar la decisión, Desiderio dijo: —Oye, ¿y por qué no nos instalamos cada uno con un puesto en las ferias persas y nos ponemos a vender los cachureos que dan de baja los talleres de mantención de las empresas?