Los Ayudistas


Arturo y Eliana se conocieron cuando eran miembros del ballet folklórico “Raíces Andinas” en la comuna de Macul. Y como típicos exponentes de esa década cargada de transformaciones y utopías que fueron los 60´s, hicieron suyos los cambios culturales, siguieron las tendencias musicales, y se involucraron en el proceso político que se vivía en Chile, pero la necesidad de terminar sus estudios y sobre todo el carácter de ambos, poco afín a la disciplina y los ritos partidarios, hizo que no se interesaran por la militancia, que era una opción muy atractiva para esa generación.

Al poco tiempo de egresar, Eliana y Arturo se habían incorporado al mundo del trabajo.  Arturo como veterinario en el programa de control de la mosca de la fruta del Servicio Agrícola y Ganadero y Eliana como kinesióloga en el Hospital Traumatológico … y como se contaba con los medios para vivir, rápidamente pidieron hora en el Registro Civil para formalizar su convivencia, que se había iniciado meses antes.

Para la campaña presidencial apoyaron la candidatura de Allende, pero el tiempo de ambos estaba dedicado principalmente a disfrutar su nueva vida en pareja, perfeccionarse profesionalmente y pasar buenos momentos con los amigos del ballet folklórico, la universidad y sus respectivos trabajos. La contingencia durante el gobierno de la UP la sortearon sin sobresaltos: eran jóvenes, se llevaban bien en el trabajo y en el vecindario, y siempre había alguna solución para resolver la provisión de alguna mercadería faltante.

Cuando vino el golpe, pese a ser conocida su orientación de izquierda, la imagen que proyectaban de seres comunes y corrientes, libres de sospechas, permitió que tanto Eliana como Arturo pasaran los filtros de posibles delatores y los chequeos de los agentes de seguridad que se habían enquistado en todos los organismos públicos. Eliana siguió con sus rehabilitaciones y Arturo poniendo trampas para controlar la mosca de la fruta. Las fiestas con los amigos quedaron para mejores momentos.

Una noche, poco antes del toque de queda, uno de sus amigos del ballet folklórico, Alberto, llegó hasta la vivienda solicitando pasar la noche con ellos. Su nombre había aparecido en las listas negras de la empresa en que trabajaba y era evidente que en algún momento se dejaría caer una patrulla para llevárselo detenido. Les aseguró que al día siguiente resolvería su situación. Así, rápidamente y sin consultar mayores detalles, los anfitriones improvisaron un sofá como cama.

A la mañana, muy temprano, pudieron conversar con más calma. Alberto les dijo que efectivamente tenía la voluntad de cambiarse a otro lugar y, para ello, debería contactarse con un enlace, pero esto debía hacerse personalmente.

—¿Quieres decir que necesitas de alguien que vaya al domicilio de ese contacto? —preguntó Arturo.  La respuesta fue un movimiento de cabeza afirmativo y labios apretados que denotaban una emoción de vulnerabilidad. Sin mediar mayores comentarios, Arturo se ofreció a pasar al domicilio indicado a la salida de su trabajo, y así lo hizo.

En los días siguientes antes del traslado del huésped, Eliana y Arturo se enteraron de pasajes de la vida de Alberto que les eran desconocidos hasta entonces. Solo sabían de su faceta de eximio bailarín de cueca y su agudo humor, el que se hacía presente en los ensayos y fiestas del grupo. Esta vez conocieron de su infancia desamparada, de la forma como logró especializarse en mantención eléctrica, su inserción en las luchas sindicales y políticas que lo llevaron a liderar la toma de la fábrica en que trabajaba, sus amores …y sus sueños arrebatados que lo tenían ahora en la condición de prófugo.

Al momento de partir, junto con agradecerles su hospitalidad, y como había comprobado que sus amigos tenían pasta para estas tareas, se atrevió a hacerles una nueva petición: se trataba de colaborar en la formación de una cadena de resistencia contra la dictadura cuyo primer objetivo era “mantener la moral en alto, volver a organizarse y demostrar, a pesar de toda la persecución, que aún estamos vivos y con ganas de continuar en la lucha”. Concretamente les pedía colaborar en la impresión de panfletos.

Eliana noches antes había tenido un sueño en que veía a su abuelo —un viejo sindicalista hoy fallecido— siendo perseguido. Ella lo interpretó como un mensaje de cosas pendientes por resolver. Por su parte, Arturo cargaba con el pesar de no habérselas jugado suficientemente por el gobierno derrocado. Así es que sin darle muchas vueltas aceptaron la petición, pidieron detalles de lo que se les pedía y se organizaron para la tarea.

Alberto les informó que no lo seguirían viendo, pues él tendría otras responsabilidades de aquí en adelante. Quien les traería la declaración a reproducir sería el compañero Homero, que se presentaría con un gorro del club Santiago Wanderers diciendo que venía de parte de la tía Ester del Cerro Barón, en Valparaíso. Les pidió que por esta vez financiaran ellos la compra de los materiales. Después de darles instrucciones sobre cómo construir un mimeógrafo artesanal en base a un marco de madera, una fina malla de tela y un rodillo, se despidió de sus amigos con un fuerte y prolongado abrazo.

A la semana siguiente, el mimeógrafo ya había sido sometido a las primeras pruebas de impresión y el papel, la tinta y los esténciles estaban disponibles. Como estaba previsto, después de la jornada laboral, el día y la hora programada se apareció Homero. Su apariencia física, su manera de vestir y el modo de expresarse lo habrían hecho merecedor del calificativo, mezcla de paternalismo y desprecio, de “hombrecito”, con que esas mujeres con plata acostumbraban llamar a quienes les hacían los servicios de jardines, cañerías y piscina.

Pero eso era solo apariencia: Homero era un tipo fogueado en el trabajo clandestino, todo lo hacía con naturalidad, no transmitía miedo ni tampoco temeridad, y sus palabras denotaban conciencia de la situación y de los riesgos que se corrían. Les dio las instrucciones para el próximo encuentro y les entregó la declaración del partido, solicitándoles la impresión de 300 ejemplares.

El inicio de este trabajo clandestino se hizo tomando todo tipo de precauciones: después de la cena, cortinas cerradas, la radio con un volumen suficiente para que el tecleo de la máquina de escribir sobre el esténcil no se escuchara en el vecindario, los escondites de acceso rápido para los materiales, y alguna coartada por si se enfrentaban a una visita inesperada.

Fueron necesarias tres noches de trabajo para tener las hojas impresas cuyo contenido, opinó Eliana, estaba cargado de frases hechas y tenía poco que ver con la realidad, según lo que ella veía cada día tanto en pacientes como en funcionarios. Arturo le replicó que el objetivo de estos panfletos era espantar el miedo y levantar el ánimo de los compañeros, así es que no era el momento de analizar la declaración.

El día y la hora acordada, Homero pasó a retirar el material impreso, lo puso en una bolsa de mercadería y les entregó una nueva declaración. Esta vez les solicitó 400 ejemplares y no se pronunció sobre el financiamiento de este nuevo encargo. Quincena tras quincena se replicaron los pedidos, los que a partir de un momento debían ser impresos por ambos lados. Pero eso no fue todo: se le pidió a Arturo que aprovechara sus salidas a terreno para contactar a miembros de la red clandestina y a Eliana que consiguiera atenciones de urgencia, aduciendo que se trataba de vecinos o familiares cercanos.

Una tarde, la portada del vespertino La Segunda daba cuenta de la muerte en un “enfrentamiento” del “extremista” Alberto Godoy. Así pudieron enterarse de cuáles eran las “otras tareas” a las que había aludido en su despedida.

El asesinato de Alberto impactó fuertemente en Eliana y Arturo. Llevaban varios meses en estas tareas clandestinas, a las cuales se habían integrado más por amistad y solidaridad que por un compromiso militante.

—¡Estoy como loro en el alambre, haciéndome el gil en la pega y simultáneamente sumergiéndome en este mundo de nombres ficticios, de pocas palabras, en donde no sé lo que hay detrás y tampoco me conviene saberlo! —exclamó Arturo, como un grito de impotencia, cansancio y temor.

—Yo ando en las mismas —respondió Eliana—. El otro día, escuchando la noticia de la detención de un colaborador como nosotros, el gobierno lo calificó de “ayudista” y todo indica que esta sería la categoría en que nos pondrían. Pero el trato que nos darían no sería muy distinto del que le dan a los que están bien metidos en esto porque, al final, se supone que tenemos información.

—Así es —confirmó Arturo—, y ahora tengo pendiente la reunión con Homero el próximo viernes en la esquina de San Pablo y Las Rejas, y por el tono de la última conversación creo que están con problemas con las casas de seguridad. Más encima, con la muerte de Alberto, no sería raro que nos pidan nuevamente esconder a alguien.

Pero esa reunión no ocurrió: Arturo llegó al lugar a la hora indicada y Homero no apareció. Esperó durante 30 minutos tratando de controlar la inquietud y atento a todo lo que ocurría en el entorno, y la situación no cambió. Definitivamente no apareció Homero y, por fortuna, tampoco la policía secreta.

Con el temor a cuestas, en adelante Eliana y Arturo debieron mantener sus rutinas de trabajo sin saber si al amanecer del día siguiente serían allanados. Pasado un tiempo y disipada en parte su angustia, llegaron a la convicción de que su enlace había sido detenido, que había resistido la tortura y no había entregado a estos amigos circunstanciales. Hasta hoy desconocen si logró salir con vida de allí.