Algunos me llamaron
canción protesta. Otros, folklore latinoamericano. En mi momento de gloria me
bautizaron como “Nueva Canción Chilena”, pero para mí, simplemente soy canción con
contenido social, y —visto así— me he hecho amiga de la protesta, de
nuestras raíces latinoamericanas, de la contingencia política y, claro, por
supuesto: también del amor. Como toda obra humana he tenido aciertos que me han
convertido en himnos y en otros casos, no me he presentado con mi mejor cara cuando
me dieron vida por encargo y con apuro.
Mi mamá Violeta me dio a
luz e inspiró a muchos tíos que siguieron su camino mostrándonos sus
esperanzas, nostalgias y pesares. En muy poco tiempo la familia se agrandó
gracias a los tíos que venían a vernos de barrios cercanos como el tío Daniel, empeñado
en sacar las alambradas de la tierra “que
es nuestra, es tuya y de aquel”; el tío César que sentía al caminar "toda la piel de América en su piel" y por supuesto, el tío
Atahualpa y la tía Mercedes. En verdad, fueron muchos los tíos que nos
visitaron y que cantaron al unísono con los de mi barrio, todos con la
convicción de que “El cantar tiene sentido,
entendimiento y razón”.
Me movía entre las
peñas, los shows en las radios y de vez en cuando, nos vestíamos de gala para
participar en festivales en donde más de alguna de nosotras hizo su
presentación en sociedad. Cuando llegaba el momento de descansar nos íbamos a nuestros
albergues que eran redondos y tenían unas hermosas fachadas. Allí esperábamos que
alguien nos hiciera dar vueltas en círculo para llenar el aire con melodías y
ritmos. Claro que para que eso ocurriera debían hacerlo con cariño, evitando
suciedades y rayones.
Fueron momentos
memorables cuando nació “Plegaria a un Labrador” del tío Víctor, “Cantata Santa
María de Iquique” del tío Luis, y poco tiempo después, cuando el clavijero de
la guitarra se convirtió en una mano empuñada, el tío Sergio le dio vida a
“Venceremos”. De ahí en adelante me convertí en una activista que, amarrada a
un sueño, debía motivar y defender el cambio social que ocurría en esos
tiempos.
Pero de la noche a la
mañana mi vida cambió violentamente: al tío Víctor lo asesinaron y otros tíos
estaban presos o debieron arrancar del barrio. Se prohibió que me presentaran
en las radios y programas de televisión y en cambio obligaron a escuchar algo
que era para otra gente, con diferentes costumbres y gustos, y que, además, pensaban
que yo era peligrosa para la seguridad del barrio.
No solo eso: si nuestro albergue
tenía en su fachada la palabra DICAP, había orden de destruirlo de inmediato.
Claro que en algunos casos me salvé de la destrucción haciéndome la lesa
cambiando la fachada, arropándome con plástico para pasar un largo período de
encierro en mansardas, gallineros o pisos falsos, o simplemente en la pieza de
los cachureos escondida bajo un montón de libros viejos cubiertos de polvo.
Como si fuera poco, se
prohibió emitir sonidos con unos instrumentos que nos habían regalado nuestros
vecinos del norte, y todo esto porque desde una oficina donde participaba un
tipo que se disfrazaba de huaso, sin serlo, decidía qué se escuchaba y qué no.
No éramos nosotras, la
música, las únicas perseguidas. Lo mismo ocurría con mi prima la lectura, cuyos
albergues, los libros, eran quemados en enormes piras.
Fueron días muy
difíciles de silencio forzado, pero lentamente y con mucho cuidado empecé a expresarme.
Los salones parroquiales, al igual que las catacumbas en otra época, fueron los
lugares que me protegieron de la persecución. Allí nos apoyábamos en medio del
miedo y el dolor recordando a la tía Margot que sabiamente decía: “Quien canta su mal espanta, quien llora su
mal aumenta”.
Pero también tuve mucha
actividad fuera de mi barrio: los tíos Inti y Quila hicieron giras por lugares
remotos denunciando lo que pasaba acá con nosotros. Eran unos recitales muy
masivos y cargados de emoción, donde se escuchaba algo que me llenaba de
contradicciones, pues veía el contraste entre la dura realidad de ese momento,
que nos tenía por el suelo, y lo que se escuchaba con tanta fuerza y pasión:
¡El Pueblo Unido jamás será vencido! …”
Mientras tanto, y vaya ironía,
en la antigua oficina salitrera Chacabuco, en el lado norte de mi barrio,
convertida en ese entonces en campo de prisioneros, el tío Ángel junto a otros
amigos organizó el grupo “Los de Chacabuco”, y entre otras, le dio vida a “Alma
de Chacabuco”, una composición de guitarra que estremecía, pues hacía sentir la
prisión en medio del desierto, solo acompañada con la inmensidad del cielo
estrellado.
Y tal como ocurre con la
renovación del bosque después de un incendio, un par de años después empezaron
a emerger los renuevos, y reaparecí en las peñas incluso usando los
instrumentos que habían sido prohibidos. Los tíos Illapu y su “Candombe para José” fueron los primeros
que me permitieron volver a los escenarios de la tele. En las peñas me
cambiaron de nombre: ahora me llamaron “Canto Nuevo”. A veces me vestía con un
ropaje elegante en cuanto a creatividad y calidad interpretativa, usaba un
lenguaje un tanto rebuscado como una forma de protegerme de la censura, diciendo
y no diciendo al mismo tiempo. Unos tíos del lado sur de mi barrio llamado
Valdivia, y el tío Le Bert, destacaban en ese estilo cargado de símbolos en
donde convivían el sentimiento de nostalgia al no saber “en que quedó
la poesía” con la convocatoria “a tener algo que contar”.
Pero en otros casos la
cosa era como era no más: los tíos Sol y Lluvia, que no se caracterizaban por
su sofisticación, con su mensaje sencillo y directo provocaban tal entusiasmo
en el público que me entonaban como verdaderos himnos. Hasta el día de hoy, de
vez en cuando en los barrios populares me sacan a caminar “En un largo tour por Pudahuel y La Bandera”. Algo así también ocurrió
con unos tíos que a temprana edad se sentían “Prisioneros” y que remecieron a
los de su generación años después.
Por esa época ya me
había cambiado de albergue, ahora habitaba en una cajita fácil de llevar y
esconder. Me era cómodo, y lo más importante es que podía estar, con muy poca
plata, simultáneamente hasta en los lugares más remotos.
Pero hubo alguien que
permitió poder expresarme ante públicos numerosos nuevamente. Fue un amigo de
la familia al que conocíamos como Ricardo, y que había hecho su forma de vida
presentarnos y darnos a conocer en eventos masivos. Un poco más de tres años
después de que me habían prohibido, este amigo se atrevió con “La Gran Noche del
Folklore” en el Teatro Caupolicán. Aún recuerdo el estruendo en las graderías
con aquel verso que nombra la libertad en “El Cautivo de Til Til”.
El barrio se fue
sacudiendo del miedo y tuve la oportunidad de recibir muchas invitaciones.
Volví a la radio con “Nuestro Canto” y las letras de mi cantar se imprimieron
en “La Bicicleta”, fui a lugares un tanto bohemios como la casona de San Isidro
y el Café del Cerro, que fueron el punto de encuentro de jóvenes que me
escuchaban con interés y emoción, estuve en los recitales callejeros donde
compartí el entusiasmo con miles de pobladores, volví al liceo para sumarme al
grito de rebeldía del “Baile de los que
sobran”, y así fue como en todos los rincones del barrio se escuchó, cada
vez con mayor fuerza, llamar “en nombre de todos, por su nombre verdadero”
a la libertad.
Todos estábamos de
fiesta cuando el “Vuelvo” de los tíos Inti y Pato, y “Vuelvo Para Vivir” de los
tíos Illapu, fueron himnos de multitudes que anunciaban el fin de la larga
noche cargada de persecución, palabras prohibidas y apretones de garganta que
me impidieron expresarme por largos años.
Lo que vino después de
la celebración, no lo tengo claro. No sé qué pasó. Ya no me persiguen, se me
tiene respeto y consideración, pero tampoco me invitan como ocurría antes de la
fiesta, ya no existen las peñas ni recitales masivos, y otras familias han
llegado a poblar el barrio. Por mi parte, hoy vivo con la tranquilidad de haber
sido un bálsamo para sobrellevar los momentos de dolor y haber contribuido con mi
mensaje de esperanza para llegar hasta donde hemos llegado.

