Nació en un hogar de inmigrantes españoles que llegaron a Chile buscando un
lugar de paz y la oportunidad para salir de la pobreza. La niñez de Miguel Ruiz
estuvo marcada por el esfuerzo, y desde muy temprano entendió que debía colaborar
en las tareas de la casa y en el pequeño taller de calzado, ubicado en la zona
sur de la Avenida Matta.
Como era esperable, cuando debió asistir a la escuela lo matricularon en el
Colegio Hispano Americano de la calle Carmen donde recibió una educación
fuertemente centrada en la práctica religiosa, la disciplina y los deportes. Hizo
amistad con algunos compañeros, pero ésta no se prolongó más allá del colegio.
No era un alumno aventajado, pero cada año era promovido al curso superior. Su
libro de vida registraba pocas anotaciones negativas y había tenido alguna
figuración en el equipo de fútbol del colegio.
Cuando terminó la secundaria, junto con asistir a un curso vespertino de
administración debió acompañar a su padre, que necesitaba alguien a su lado
para el papeleo. Desde muy joven entonces su día a día era permanecer en una oficina
apenas iluminada, cubierta de papeles, hormas de zapatos, herramientas, vajilla,
y una vieja máquina de escribir. En la pared, un reloj y un calendario que se
renovaba todos los años con el mismo lema: “No temas ir despacio, solo teme no
avanzar”. Su mundo giraba en torno al trabajo, solo interrumpido por las idas al
Santa Laura para ver jugar a la Unión Española y la misa de los domingos, donde
su asistencia tenía poco de interés religioso y bastante por una vecina. De
política, no tenía idea ni le interesaba, tal vez porque los curas del colegio se
la habían presentado como algo sucio.
Al poco tiempo, “Calzados Tauros” contaba con 5 trabajadores contratados,
la producción había aumentado y se contaba con un vendedor viajero que ofrecía
los productos en provincia. Habían pasado más de 20 años desde su llegada, cuando
la familia Ruiz pudo empezar a darse algunos gustos.
Pero no mucho después, el padre cayó gravemente enfermo y al cabo de unos
pocos meses falleció. Con apenas 24 años y recién casado, Miguel se hizo cargo de
la empresa familiar y a la carrera tuvo que aprender a relacionarse con proveedores,
clientes y bancos, incluso se hizo tiempo para leer el diario todos los días
pues se había convencido de que debía estar al tanto de lo que pasaba, ya que intuía
que lo bien o mal que le fuera al negocio dependía de algo que estaba más allá
de sus narices.
Para la elección presidencial del 70 vio con algo más que preocupación el
posible triunfo de Allende. Y había motivos para ello, pues una vez que llegó
la Unidad Popular al gobierno, se le revolvió todo el aparataje que había
armado hasta ese entonces. Una vez más tuvo que someterse a un rápido proceso
de aprendizaje para hacerse cargo de demandas salariales, escasez de materias
primas y una inflación galopante. A pesar de estas dificultades, la fábrica
siguió funcionando, pero siempre con el temor de que la situación del país empeorara
y se llegara a un punto similar al que vivieron sus padres en España décadas
atrás.
El golpe de Estado que derrocó a Allende vino a disipar sus temores de una
guerra civil o algo por el estilo: el abastecimiento se normalizó rápidamente,
el toque de queda garantizaba el orden en la población y se anunciaban profundas
transformaciones para la reconstrucción del país. La economía pasó a ser un
tema relevante, tanto así que un ministro de la época daba charlas en la
televisión enseñando sobre el funcionamiento de esta ciencia que el común de
los chilenos aún no conocía.
Miguel se creyó el cuento sobre la exactitud de los pronósticos económicos en
donde gente experta, con formación en las mejores universidades de Estados
Unidos, garantizaba que todo estaba bajo control y que al país se le abrían
nuevas oportunidades para seguir creciendo. El eslogan “Vamos bien, mañana
mejor” inundaba los medios con figuras del espectáculo y el deporte levantando
el dedo pulgar e invitando a tener confianza en el futuro.
Y así fue como, contraviniendo el lema del calendario que colgaba en su
desordenada oficina y que reflejaba fielmente la historia de esa pequeña
empresa, un día sacó papel y lápiz, hizo algunos cálculos y con muchas expectativas
corrió al banco a presentar el proyecto para la compra del galpón y la
ampliación de la fábrica. El ejecutivo de cuentas revisó los números, se
aseguró de que el proyecto se financiaba en parte con ahorros propios y que
había garantías suficientes. Una semana después le informaba que habían
aprobado un préstamo a 8 años, en dólares.
La celebración del galpón propio y la nueva maquinaria rompió toda la
tradición de sobriedad con que se habían hecho las cosas hasta el momento: se
invitó a los trabajadores, clientes, proveedores, empleados del banco y algunos
vecinos del barrio. En medio de las máquinas se instaló una gran parrilla y
unos mesones en donde abundaban exquisiteces importadas, ya que con el dólar
barato se podían dar gustos antes prohibidos.
El comienzo fue de luces y sombras. Las ventas aumentaron, pero no en la
cantidad que se había estimado. Se cumplió con las primeras cuotas del crédito,
pero costaba que los clientes pagaran las facturas en la fecha convenida. Las
noticias mostraban los primeros casos de empresas y bancos fracturados
financieramente, pero el gobierno lo atribuyó a situaciones excepcionales
causadas por una mala administración.
Al año siguiente definitivamente todo se vino abajo: el gobierno devaluó el
peso, el dólar se fue a las nubes y se vino el frenazo de la economía. Al
comienzo, Miguel pensó que esta crisis la podría resolver, tal como se había
manejado antes con la inflación, con las demandas del personal y la escasez de
materia prima. Hizo ofertas especiales para deshacerse del stock, se quedó con
el mínimo de personal, activó la sala de ventas en la misma fábrica, renegoció
una y otra vez las cuotas con el banco. Pero nada era suficiente: la deuda
crecía día a día, las ventas bajaban y los proveedores amenazaban con
restringir el crédito.
Fueron dos años de agonía intentando rescatar la fábrica que con gran
esfuerzo había fundado su padre, cayó al psiquiatra y tuvo que “empastillarse”
para conciliar el sueño y seguir activo. Las relaciones en su hogar se
deterioraron a tal punto que durante un tiempo se fue a vivir con su madre, los
hijos pasaron al colegio público, vendió todo lo que pudo vender para sostener
los gastos más urgentes. En este estado calamitoso en que se encontraba, un día
sacó fuerzas de flaqueza y fue al banco a ofrecer todos los bienes para cubrir
las deudas.
Al cabo de seis meses la fábrica ya no existía, se habían perdido los
ahorros de años de trabajo, ya no era el fabricante que había recibido la posta
de la pequeña empresa familiar y que la había hecho crecer. Ya no estaban los
trabajadores, que se las tuvieron que arreglar de cualquier forma para
sobrevivir. Cuarenta años de esfuerzo se habían ido al suelo. Con lo que le
quedó de la liquidación del stock más alguna cobranza juntó un pequeño capital
que le permitió iniciarse en el negocio de revender calzado proveniente de
China y Brasil. Su casa pasó además a ser oficina y bodega y todo tenía que
hacerlo él: comprar, vender, entregar, cobrar, pagar y mover los papeles. Fue como el malabarista del circo haciendo
girar los platillos simultáneamente, que pudo sostenerse medianamente hasta que
los hijos se hicieron adultos y abandonaron el nido. Ahora sobrevive haciendo
pequeños negocios de oportunidad.
¿Pudo haber sido peor? Claro que sí. ¿Pudo evitarlo? Quizás. Estaba
consciente de que buena parte de su vida estuvo dedicada a trabajar como un
bruto, que confió demasiado en sus capacidades, y que pagó un costo emocional elevado
tratando de superar el golpe recibido con la liquidación de Calzados Tauros.
Pero también aprendió, aunque demasiado tarde, hacia dónde se dirigía el
país, a conocer en carne propia la receta de los “Chicago Boys”: que había que ser
competitivos a nivel internacional, concentrarse en aquello en que el país
tenía “ventajas comparativas”, y que todo lo que no estuviera en este propósito
eran lamentablemente “externalidades negativas”.
El caso de los empresarios lecheros que pedían beneficios para su actividad
y que tuvieron como respuesta “Cómanse las vacas”, era el fiel reflejo de la forma
de pensar y actuar. Miguel se enteró de esta noticia un par de años antes de que
su negocio entrara en crisis, pero en ese momento no entendió que un pequeño
fabricante de zapatos no tenía lugar en esta fiesta, solo reservada para un
grupo de poderosos y sus amigos.

