Eran tiempos de dictadura cuando espontáneamente un grupo organizó
caminatas por los senderos de la Cordillera de la Costa. El objetivo era
disfrutar de la naturaleza, pero también era el pretexto para poder reunirse y
conversar en confianza sin tener que cuidarse de algún soplón que anduviera por
ahí cerca. Cada vez que se llegaba al destino propuesto, el grupo se reunía en
círculo para compartir las meriendas, darse un espacio para el humor, y
siempre, al final, había un momento para la conversación sobre la situación de
país. No era una reunión política propiamente tal, pero se intercambiaba
información, se comentaban libros y artículos de la prensa opositora, se
coordinaban las próximas acciones de protesta, y sobre todo, se reafirmaba la
voluntad de aportar, cada cual en lo suyo, para poner fin al régimen militar.
Con el paso de los años, y sin las restricciones que imponía la dictadura,
el grupo continuó con sus caminatas recreativas los fines de semana. Sus
integrantes ahora eran más numerosos y diversos, y aun cuando se mantenía la
tradición de juntarse a compartir antes de dar inicio al retorno, la
conversación no tenía pauta, era relajada, libre y dispersa.
Pero en esta oportunidad uno de ellos, Agustín, comentó que, mientras
caminaba, pensaba en lo grato que le era apartarse por unos momentos y no tener
otra compañía que el silencio, solo interrumpido por el crujir de los pasos en
el sendero, que son como el registro que da cuenta de estar vivos.
—Este silencio, entendido como ausencia sonora, que he buscado y me produce
placer —continuó—, no es lo mismo que el otro silencio, el del callar, el que
estuvo a nuestro lado forzadamente y que se hizo presente de tantas formas y
circunstancias en esos oscuros años… —Y disculpándose previamente de su volada, preguntó al grupo: —¿Están de
acuerdo en que el silencio ocupó una parte importante de nuestras vidas durante
esos años de oscuridad?
—Yo creo que sí —respondió Pablo—, ¿pero de qué tipo de silencio estamos
hablando? Por ejemplo, frente a situaciones que pudieran comprometerme en esa
época aprendí a callar, y hablar solo cuando era necesario y lo suficiente, a
escuchar los silencios del otro leyendo entre líneas o fijándome en sus
omisiones. Yo no contestaba cuando un tipo con algo de poder hablaba de la
tranquilidad del país, de la guerra que se le había ganado al comunismo, de lo
geniales que eran los Chicago Boys, de los falsos desaparecidos que se habían
arrancado del país, y tantas otras tonteras por el estilo. Así fue como logré
sobrevivir los primeros años del régimen, y esta forma de manejar a la defensiva me permitió sortear situaciones incómodas,
dejarme tiempo de reflexionar ante el asombro, saber mucho mejor el terreno que
pisaba, especialmente cuando al frente tenía un tipo locuaz, que, al no tener
un contradictor, se sentía en confianza y se iba de lengua.
—Estoy de acuerdo con eso —contestó Mabel—. En tu caso le llamaría un
“silencio táctico” y es tan viejo como el dicho “dueño de lo que callo y esclavo de mis palabras”. Digamos que este
silencio defensivo adquirió su mayor relevancia cuando había que resguardar la
seguridad de acciones subterráneas, teniendo a los agentes de la represión
respirando en tus orejas.
>>Pero para llevar esto a un extremo, si esa conducta se hubiera
mantenido a lo largo del tiempo y se hubiera generalizado, nadie habría salido
a protestar. Y en ese caso hablaríamos de “silencio cómplice”, aquel que solo
mira su beneficio personal, no asume compromisos, ni corre riesgos. Creo que
cada uno de nosotros conoce a más de alguno que hoy sostiene que nunca se
enteró de lo que realmente pasaba, o que no se imaginó que los hechos tuvieran
la gravedad que hoy sabemos, o lo que es peor: que siga en silencio haciéndose el gil, esperando que otros
nos vayamos de lengua.
—Y con esto —prosiguió—, no creo que todo silencio fue siempre cómplice,
¡es que hubo circunstancias en que no había otra opción que el silencio, dado
el nivel de opresión y sometimiento! Este “silencio forzado” lo vi tantas veces
en las nanas, jardineros, inquilinos, funcionarios menores de los municipios,
que día tras día tuvieron que soportar en silencio las peroratas de sus
empleadores en momentos en que la cesantía asolaba los hogares más humildes.
—Buen tema de discusión —intervino Alberto, sentado en una roca—. La
pregunta es quién define los límites de callar como una forma defensiva, porque
así lo aconsejan las circunstancias, y en qué momento se requiere el habla. En
mi caso, creo que dentro de los espacios de un ciudadano común en que me
desenvuelvo, el compartir la experiencia con gente amiga, como este grupo de
caminantes y otros a los que pertenecía, me facilitaron resolver este dilema.
Eran largas conversaciones e intercambios de opinión los que nos permitieron
salir con una idea más clara acerca de cuál tecla apretar.
Para complementar este punto acerca de cuándo era necesario callar y cuándo
hablar, dijo Roberto:
—Les pongo el caso de lo que ocurrió en 1987: la periodista Patricia
Verdugo, ¡sí, la misma de “Los zarpazos del Puma”!, sacó un libro llamado
“Interferencia Secreta”, en donde publicó, con CD incluido, las órdenes que
daban los golpistas desde su lugar de mando. Estas órdenes, que dejaban en
claro la chichita con la que nos
estábamos curando, habían sido grabadas por un radioaficionado durante la
mañana del 11. Y si bien éstas salieron a la luz pública, la pregunta es por
qué solo las vinimos a conocer 14 años después de ocurridas. ¿Era realmente un
radioaficionado que decidió ocultar esta papa
caliente porque estimaba que su vida estaría en peligro si los servicios
secretos se enteraban de su autoría, y solo cuando evaluó que no corría riesgos
se atrevió a hacerlo? ¿Por qué hasta el día de hoy su nombre no ha sido
develado? ¿Es relevante ocultarlo a estas
alturas del partido?
—Ahora, esto no siempre es un contrapunto entre el silencio y la palabra
—intervino Felisa, dejando de lado su mate por un momento—. Este caso que tú
cuentas me dice que a veces lo que podríamos llamar “silencio activo” era parte
de un diseño para llevar a cabo la acción de una manera más eficaz, ya sea para
transmitir un mensaje de un mejor modo que las palabras, como fue el caso de
los familiares de detenidos desaparecidos, que marchaban en silencio con una
foto de su familiar prendida en el pecho, o bien amarrándose con cadenas frente
a los tribunales.
Patricia, que conocía el ambiente del arte y la cultura, opinó desde otro
ángulo: sostuvo que el silencio podía tener su otra cara, no en la palabra,
sino en una especie de “silencio testimonial”, que eran esas manifestaciones
individuales con una carga simbólica que expresaban la voluntad de denunciar la
brutalidad del régimen. —Yo llegaba a una casa —dijo—, donde encontraba una
reproducción del Guernica de Picasso o un afiche de la Violeta Parra y sentía
que podía abrir una conversación que fuera más allá de los lugares comunes. Y
así pasaba con la música, la pintura, el teatro, la literatura, y en general
las manifestaciones del arte, que es donde yo me muevo, en donde por debajo de
una expresión común, subyacía un mensaje que te permitía reconocerte en él.
Rigoberto, que aparecía como ajeno a la conversación, intervino para decir:
—De todos estos silencios, que han clasificado de un modo tan “magistral”,
hoy podemos prescindir y expresarnos como nos dé la gana. Depende
exclusivamente de nuestra voluntad callar o hablar. Pero —hizo una pausa—, hay
gente que lamentablemente no se puede liberar del “silencio opresivo”, que es
andar por la vida con una mochila cargada de dignidad pisoteada, humillaciones,
burlas, agresiones, vergüenza y dolor;
esa mochila que impide expresarse, porque lo ocurrido le resulta tan
inverosímil que no hay palabras que puedan representar fielmente los horrores
de la tortura, y al no haber palabras que permitan exorcizar estos recuerdos,
es como que quedaran silenciosamente almacenados dejando a la víctima con un
sentimiento de culpabilidad por seguir viviendo.
Fue Matías, el más joven del grupo quien rompió el silencio que generó esta
última intervención. Partió por agradecer la oportunidad de poder escuchar y
aprender de actores presenciales del Chile que no conoció, porque aún no había
nacido, y resumió sus propias conclusiones diciendo que “al no hablar, a veces
transmitimos mucho más de lo que creemos. El silencio previo a las palabras
hace que éstas sean eficaces y no se conviertan en un mero ruido, y en
condiciones límites, el silencio es una poderosa arma defensiva”.
Terminada su intervención, Matías
recibió algunas palmaditas en la espalda como reconocimiento a la claridad de
su planteamiento, y el grupo continuó con la convivencia, fijaron la fecha y
lugar de la siguiente caminata y se aprestaron a iniciar el retorno a casa.
Las pilas habían quedado bien
cargadas para enfrentar una nueva semana.
