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Eludir el cerco, cambiarse de ciudad, buscar refugio, gestionar el asilo, y mientras tanto, ser por un par de meses La Visita Inesperada” en una familia de adversarios, y que se convirtieron en amigos por muchos años.

Personas comunes y corrientes se vieron involucradas más allá de su compromiso político hasta el 11/9, y transformaron sus vidas en un peligroso ir y venir para convertirse en “Los Ayudistas”.

La música se convierte en el personaje central y narra la forma como “ElCantar Tiene Sentido” para reconstruirse y jugar un importante rol en la lucha social por el término de la dictadura.


El “Abuso Verbal que fueron las declaraciones de quienes tenían el poder. En su momento, solo la ironía y el sarcasmo pudieron compensar tanto maltrato a la inteligencia y el sentido común.


Dos historias de vida, cercanas en metros, pero muy distantes en la forma como enfrentan el día a día. “Caminos Paralelos” en donde conviven el oportunismo y el esfuerzo colectivo en la población.


La crisis económica de 1982, que significó el cierre de muchas pequeñas empresas, mostró que el “Vamos Bien, Mañana Mejor” tuvo un fuerte impacto, no solo económico, sino también en el proyecto de vida de una familia.


Un grupo de amigos superó la cesantía a punta de imaginación y esfuerzos. “La Maestranza” fue la fuente de trabajo y un ambiente más protegido, pero también los expuso a los vaivenes de la economía durante los 80´s.


Diferentes visiones para entender el proceso político se van cruzando, con sus contradicciones y conflictos. “La Otra Forma de Lucha” altera la cotidianidad y convivencia de una familia tradicional.


La expulsión de la universidad y la prisión no fueron obstáculos para reinventarse, sobrevivir y seguir resistiendo a la dictadura, demostrando así que “Al Mal Tiempo ..”.


El inmenso daño sicológico y social que deja la tortura, en muchos casos se hizo irrecuperable. “El Inxilio” refleja la desesperanza, la pérdida de fe, la soledad y la falta de pertenencia.


Recién instalado el régimen de facto rápidamente aparece una organización por la defensa de los derechos humanos. “El Compromiso” de muchos que se unieron a esta tarea fue determinante en mitigar los horrores y aportar en el esclarecimiento de los hechos.


Un niño cuyo padre es un detenido desaparecido debe aprender a vivir en un ambiente adverso y con un libreto aprendido, pero no por eso deja de tener “Amigos de Liceo” y tempranamente se suma a la resistencia contra la dictadura.


“El Aeropuerto”, testigo del dolor de dejar atrás la familia, los amigos, el barrio y los proyectos, también lo fue de la alegría desbordante del retorno expresado en canciones que fueron verdaderos himnos del reencuentro.


“El Acomodo” refleja la frontera en donde la prudencia para sobrevivir en dictadura da paso al oportunismo que lo lleva a ser un cómplice más del poder impuesto a través de la violencia.


Después de la vuelta a la democracia no todos volvieron. Hoy son de De Aquí y de Allá”, y permanecieron en su segunda patria; algunos por decisión propia y otros forzados por circunstancias históricas.


¿Qué podía hacer un juez honesto ejerciendo fuera de la capital cuando sus superiores de las cortes de apelaciones rechazaban miles de recursos de amparo? Transcurrido mucho tiempo de “partido”, “El Juez” pudo ejercer justicia


Un grupo de amigos que durante la dictadura había hecho de las caminatas un refugio y un espacio de confianza, ahora, con la democracia de vuelta y sin cárceles secretas, agentes encubiertos y soplones, reflexionan acerca “DeSilencios y Silencios”, esa incomoda compañera en años difíciles.

 







la Visita Inesperada

 



No sé qué me pasa hoy, me siento rara, con miedo y con un malestar que no logro entender, no tengo ganas de nada y toda la mañana he estado a media máquina. Claro, no me había dado cuenta de que se acerca otro 11 de septiembre. Este año además se nos viene el plebiscito del Sí o el No y el ambiente está muy caldeado. Tengo la misma sensación de hace 15 años, en la antesala del golpe. Las noticias me dejan mal y no puedo evitar que pasen por mi cabeza los difíciles momentos de entonces y los meses siguientes.

Yo no era partidaria del gobierno de Allende porque nunca sentí que la forma de arreglar los problemas era por el camino que planteaba la Unidad Popular. No me gustaba la forma como hablaban sus dirigentes, y menos aún cómo me había cambiado la vida en los últimos años. Se había acabado la buena convivencia entre los vecinos, la política se metía hasta en las cosas más domésticas, los insultos y amenazas eran cosa de todos los días y el diario vivir se hacía cada vez más difícil por los problemas del desabastecimiento, las colas, el mercado negro y la entrega de algunos alimentos controlados por las JAP.

En el último tiempo las reuniones familiares eran cada vez menos frecuentes, y sólo con motivo de algún cumpleaños nos convocábamos tratando de no tocar temas que gatillaran apasionadas discusiones entre partidarios y opositores. Cuando ello ocurría, la abuela volvía una vez más con la historia de su padre, a quien le había tocado estar en el frente peleando por el ejército de Balmaceda en el 91, y reiteraba que nos anduviéramos con cuidado pues las guerras civiles eran cosa seria, especialmente cuando se está en el lado de los perdedores.

Pero llegó lo que temía: esa mañana las radios tocaban marchas militares entremezcladas con los bandos dando instrucciones perentorias. La gente, entre ellos mi familia, corría a buscar refugio y enterarse de lo que sucedía minuto a minuto. A medida que fue avanzando la jornada, se me cruzaba una sensación de alivio por la posibilidad de que de una vez por todas alguien pusiera orden y la vida retomara la normalidad, pero al mismo tiempo la incertidumbre: ¿Estaban todos los milicos alineados con el golpe o se dividirían? ¿Saldría la gente a la calle a defender a su gobierno o se quedarían en sus casas?  ¿Qué pasará con mis familiares y amigos que están en la vereda de enfrente? Al terminar el día, ya todo estaba consumado: tendríamos un Chile diferente en donde muchos conocerían “la justicia del vencedor”.

En los días siguientes al levantamiento del toque de queda, seguí más o menos con las mismas rutinas de siempre. Me mantuve distante del jolgorio de los ganadores y mostré un respetuoso silencio con los vecinos que entonces eran mis adversarios. En la familia todo estaba aparentemente normal, a ninguno le prohibieron seguir estudiando o continuar en su trabajo, pero a medida que pasaban los días me enteraba de nuevos allanamientos y detenciones, esta vez de modo más selectivo.

Una noche apareció por mi casa mi hermano Miguel, quien partió por explicarme que lo que me venía a decir tenía que ser cara a cara. Se trataba de un viejo amigo de la época del colegio, Ernesto, quien había llegado a su casa pidiéndole refugio, pues a duras penas había logrado eludir el cerco en Concepción después de ser allanadas un par de viviendas donde se suponía que estaba escondido. A los pocos días de la llegada del inesperado huésped, hubo una detención cerca de su casa y, según se había enterado, había sido por la delación de un vecino.

—Tú sabes que yo tengo que andarme con cuidado —me dijo— porque no se sabe cómo viene la mano con el coronel que llegó a hacerse cargo de la empresa. Además, en mi barrio hay muchos ojos mirando y es un riesgo para él y para mí que por un error propio o un soplo nos vayan a descubrir.

En concreto me venía a pedir que fuera yo quien le diera refugio hasta que lograra salir del país. Insistió en que su amigo corría serios riesgos y que, a pesar de tener posiciones extremas en lo político, no era una mala persona. Reforzó su petición con que mi casa no era motivo de sospecha, me recordó mi espíritu de colaboración en otras circunstancias y poco faltó para que me ofreciera la salvación eterna si aceptaba.

Así es que acepté, y tuve que aguantar la molestia de mi marido:

—Me parece pésimo que tomes decisiones sin consultarme. Nos pones en riesgo a todos por ayudar a un desconocido. Además que ni sabemos por qué lo buscan con tanto empeño los militares.

Con todos los resguardos del caso, un día al atardecer se apareció el nuevo huésped. Era un cabro de unos 24 años, alto y delgado, de “buena familia” —como diría alguna vecina en el barrio—, de trato respetuoso y atento a los detalles de su nuevo paradero. No pude evitar que se me pasara por la cabeza el por qué debía tener en mi hogar a este “pituquito” de provincia que andaba jugando a la revolución y ahora, como perro abandonado, tenía que buscar refugio justamente en una casa de los que semanas atrás consideraba sus enemigos.

Al comienzo todos nos forzamos a tener un trato formal. Solo nos encontrábamos en la mesa al mediodía y a la hora de la cena, hablábamos de cualquier cosa, nunca de política. Después de almuerzo nuestro huésped se iba al living a ver la telenovela “Muchacha italiana viene a casarse”, nada de noticias. Y mucha lectura en su dormitorio, incluso los libros escolares.

El día de su llegada me dijo que había dado mi teléfono a un contacto que estaba gestionando su ingreso a una embajada, que se presentaría como Paloma, que pediría hablar conmigo y mediante las frases “estoy comprando los materiales”, “ya empecé a hacer las cortinas”, “calculo que las cortinas estarán para tal fecha”, o “las cortinas están listas”, indicaría el avance del proceso para conseguirle asilo.

Como soy unos 12 a 15 años mayor, y aprovechándome un poco de ser la dueña del territorio, lo empecé a tratar como “cabro chico”: le hacía bromas, lo mandaba a hacer algunas tareas domésticas, y como lo hallaba parecido a un sobrino al que decíamos “Pirulo”, lo empecé a llamar así también. Este sobrenombre me pareció más apropiado, pues el nombre con que lo presentó mi hermano nunca me lo creí.

En la larga y tediosa espera de Pirulo nos dimos tiempo para conocernos más. Primero me habló de su familia en Penco, de la polola que había dejado en Conce, de sus estudios de Periodismo y de su trabajo político en las poblaciones. Después, y por insistencia de mi parte, me dio algunas pistas del por qué lo buscaban con tanto empeño. Pero no sé si este relato me dejó más tranquila o más preocupada.

Nuestras conversaciones fueron cada vez más espontáneas y francas, y así fue como un día me animé y le dije: —Mira, cabro: yo no entiendo mucho de política, te veo una buena persona, bien intencionada pero muy equivocada, porque no puedo entender que sostengas que la felicidad de un pueblo se va a lograr necesariamente pasando por un enfrentamiento armado. Cuando se desencadena la violencia —continué—, los pobres, a los cuales tú dices defender, son los que más sufren. Por último, espero que logres salir de este país, llegar sano y salvo a tu destino, y que allí tengas la tranquilidad para revisar todos estos cuentos que te has comprado.

Pirulo me escuchó atentamente y no hubo en su rostro una expresión de malestar por mis opiniones. Al contrario, se puso en actitud de que debía decir algo importante, y ordenó muy bien sus ideas antes de hablar.

Primero, afirmó, la violencia solo era la expresión final de un proceso de conciencia, organización y movilización del pueblo, que necesariamente se debía tomar el poder por la fuerza para hacer los cambios profundos que necesitaba la sociedad, y a los cuales siempre se iban a oponer los poderosos del país en complicidad con el gran capital extranjero. Que este camino no estaba exento de riesgos y retrocesos como el que estaba viviendo él en persona, pero que estaba convencido de que no había otra opción, que todo lo demás no eran sino cambios cosméticos que hacían que a la larga todo siguiera igual, y que su voluntad en adelante era continuar la lucha en el lugar donde estuviera.

Para alivianar el cierre de sus argumentos, me dijo que el tono con que yo le di mi opinión le recordaba los retos y recomendaciones que le hacía la monja cuando cursaba las preparatorias, y me anunció, con mucha picardía, que de aquí en adelante me llamaría “la madre superiora”.

En los días que siguieron había complicidad en nuestras conversaciones, nos hacíamos bromas, nos burlábamos de nuestras posturas políticas, compartíamos las tareas de la casa hablando de cualquier cosa, y también nos dábamos momentos de reflexión en que Pirulo me transmitía sus temores sobre el futuro que le esperaba. Hasta que un día llamó Paloma para informar esta vez que las cortinas estaban listas y las pasarían a entregar al día siguiente a mediodía. Habían pasado casi dos meses desde su llegada.

El auto de la embajada llegó a la hora prevista, nos despedimos con un fuerte abrazo y me prometió que se mantendría en contacto desde donde estuviera, y que cuando volviera, la madre superiora sería una de las primeras a quien pasaría a saludar.

Durante todos esos años recibí sus saludos de fin de año. Cada cierto tiempo me escribía alguna carta contándome de su vida en Europa, de sus logros y desventuras, de sus esperanzas y de sus decepciones, de sus amores y de sus quebrantos. Incluso en una oportunidad me llamó por teléfono y aquella vez me contó que su pasaporte tenía estampada una letra “L”, y que con esa marca no podía ingresar al país. Yo le transmití ánimo y paciencia, que algún día lo tendría de vuelta, y que esta vez probablemente no estaríamos tan lejos en nuestras posiciones como años atrás.

Y estando metida en mis recuerdos de esos momentos tan complejos fue cuando el noticiario del mediodía informó que el gobierno, a poco más de un mes de la fecha del plebiscito, había decretado el fin de la prohibición de ingreso al país. La “L” en el pasaporte ya no sería impedimento para retornar.

Pasaron los días, yo seguía en medio de mis quehaceres diarios, me había olvidado de la autorización para la vuelta de los exiliados y la verdad no me creí mucho el cuento de que Pirulo volvería a verme. Pero una tarde sonó el timbre de mi casa, y ahí estaba de vuelta.

Debo confesar que mi corazón sufrió un sobresalto al abrir la puerta y recibir su estrecho y cálido abrazo. Sobresalto que, a fin de cuentas, era la expresión de la amistad que habíamos forjado en ese par de meses, y que solo en este momento me daba cuenta de cómo había echado raíces después de tantos años.


Los Ayudistas

 


Arturo y Eliana se conocieron cuando eran miembros del ballet folklórico “Raíces Andinas” en la comuna de Macul. Y como típicos exponentes de esa década cargada de transformaciones y utopías que fueron los 60´s, hicieron suyos los cambios culturales, siguieron las tendencias musicales, y se involucraron en el proceso político que se vivía en Chile, pero la necesidad de terminar sus estudios y sobre todo el carácter de ambos, poco afín a la disciplina y los ritos partidarios, hizo que no se interesaran por la militancia, que era una opción muy atractiva para esa generación.

Al poco tiempo de egresar, Eliana y Arturo se habían incorporado al mundo del trabajo.  Arturo como veterinario en el programa de control de la mosca de la fruta del Servicio Agrícola y Ganadero y Eliana como kinesióloga en el Hospital Traumatológico … y como se contaba con los medios para vivir, rápidamente pidieron hora en el Registro Civil para formalizar su convivencia, que se había iniciado meses antes.

Para la campaña presidencial apoyaron la candidatura de Allende, pero el tiempo de ambos estaba dedicado principalmente a disfrutar su nueva vida en pareja, perfeccionarse profesionalmente y pasar buenos momentos con los amigos del ballet folklórico, la universidad y sus respectivos trabajos. La contingencia durante el gobierno de la UP la sortearon sin sobresaltos: eran jóvenes, se llevaban bien en el trabajo y en el vecindario, y siempre había alguna solución para resolver la provisión de alguna mercadería faltante.

Cuando vino el golpe, pese a ser conocida su orientación de izquierda, la imagen que proyectaban de seres comunes y corrientes, libres de sospechas, permitió que tanto Eliana como Arturo pasaran los filtros de posibles delatores y los chequeos de los agentes de seguridad que se habían enquistado en todos los organismos públicos. Eliana siguió con sus rehabilitaciones y Arturo poniendo trampas para controlar la mosca de la fruta. Las fiestas con los amigos quedaron para mejores momentos.

Una noche, poco antes del toque de queda, uno de sus amigos del ballet folklórico, Alberto, llegó hasta la vivienda solicitando pasar la noche con ellos. Su nombre había aparecido en las listas negras de la empresa en que trabajaba y era evidente que en algún momento se dejaría caer una patrulla para llevárselo detenido. Les aseguró que al día siguiente resolvería su situación. Así, rápidamente y sin consultar mayores detalles, los anfitriones improvisaron un sofá como cama.

A la mañana, muy temprano, pudieron conversar con más calma. Alberto les dijo que efectivamente tenía la voluntad de cambiarse a otro lugar y, para ello, debería contactarse con un enlace, pero esto debía hacerse personalmente.

—¿Quieres decir que necesitas de alguien que vaya al domicilio de ese contacto? —preguntó Arturo.  La respuesta fue un movimiento de cabeza afirmativo y labios apretados que denotaban una emoción de vulnerabilidad. Sin mediar mayores comentarios, Arturo se ofreció a pasar al domicilio indicado a la salida de su trabajo, y así lo hizo.

En los días siguientes antes del traslado del huésped, Eliana y Arturo se enteraron de pasajes de la vida de Alberto que les eran desconocidos hasta entonces. Solo sabían de su faceta de eximio bailarín de cueca y su agudo humor, el que se hacía presente en los ensayos y fiestas del grupo. Esta vez conocieron de su infancia desamparada, de la forma como logró especializarse en mantención eléctrica, su inserción en las luchas sindicales y políticas que lo llevaron a liderar la toma de la fábrica en que trabajaba, sus amores …y sus sueños arrebatados que lo tenían ahora en la condición de prófugo.

Al momento de partir, junto con agradecerles su hospitalidad, y como había comprobado que sus amigos tenían pasta para estas tareas, se atrevió a hacerles una nueva petición: se trataba de colaborar en la formación de una cadena de resistencia contra la dictadura cuyo primer objetivo era “mantener la moral en alto, volver a organizarse y demostrar, a pesar de toda la persecución, que aún estamos vivos y con ganas de continuar en la lucha”. Concretamente les pedía colaborar en la impresión de panfletos.

Eliana noches antes había tenido un sueño en que veía a su abuelo —un viejo sindicalista hoy fallecido— siendo perseguido. Ella lo interpretó como un mensaje de cosas pendientes por resolver. Por su parte, Arturo cargaba con el pesar de no habérselas jugado suficientemente por el gobierno derrocado. Así es que sin darle muchas vueltas aceptaron la petición, pidieron detalles de lo que se les pedía y se organizaron para la tarea.

Alberto les informó que no lo seguirían viendo, pues él tendría otras responsabilidades de aquí en adelante. Quien les traería la declaración a reproducir sería el compañero Homero, que se presentaría con un gorro del club Santiago Wanderers diciendo que venía de parte de la tía Ester del Cerro Barón, en Valparaíso. Les pidió que por esta vez financiaran ellos la compra de los materiales. Después de darles instrucciones sobre cómo construir un mimeógrafo artesanal en base a un marco de madera, una fina malla de tela y un rodillo, se despidió de sus amigos con un fuerte y prolongado abrazo.

A la semana siguiente, el mimeógrafo ya había sido sometido a las primeras pruebas de impresión y el papel, la tinta y los esténciles estaban disponibles. Como estaba previsto, después de la jornada laboral, el día y la hora programada se apareció Homero. Su apariencia física, su manera de vestir y el modo de expresarse lo habrían hecho merecedor del calificativo, mezcla de paternalismo y desprecio, de “hombrecito”, con que esas mujeres con plata acostumbraban llamar a quienes les hacían los servicios de jardines, cañerías y piscina.

Pero eso era solo apariencia: Homero era un tipo fogueado en el trabajo clandestino, todo lo hacía con naturalidad, no transmitía miedo ni tampoco temeridad, y sus palabras denotaban conciencia de la situación y de los riesgos que se corrían. Les dio las instrucciones para el próximo encuentro y les entregó la declaración del partido, solicitándoles la impresión de 300 ejemplares.

El inicio de este trabajo clandestino se hizo tomando todo tipo de precauciones: después de la cena, cortinas cerradas, la radio con un volumen suficiente para que el tecleo de la máquina de escribir sobre el esténcil no se escuchara en el vecindario, los escondites de acceso rápido para los materiales, y alguna coartada por si se enfrentaban a una visita inesperada.

Fueron necesarias tres noches de trabajo para tener las hojas impresas cuyo contenido, opinó Eliana, estaba cargado de frases hechas y tenía poco que ver con la realidad, según lo que ella veía cada día tanto en pacientes como en funcionarios. Arturo le replicó que el objetivo de estos panfletos era espantar el miedo y levantar el ánimo de los compañeros, así es que no era el momento de analizar la declaración.

El día y la hora acordada, Homero pasó a retirar el material impreso, lo puso en una bolsa de mercadería y les entregó una nueva declaración. Esta vez les solicitó 400 ejemplares y no se pronunció sobre el financiamiento de este nuevo encargo. Quincena tras quincena se replicaron los pedidos, los que a partir de un momento debían ser impresos por ambos lados. Pero eso no fue todo: se le pidió a Arturo que aprovechara sus salidas a terreno para contactar a miembros de la red clandestina y a Eliana que consiguiera atenciones de urgencia, aduciendo que se trataba de vecinos o familiares cercanos.

Una tarde, la portada del vespertino La Segunda daba cuenta de la muerte en un “enfrentamiento” del “extremista” Alberto Godoy. Así pudieron enterarse de cuáles eran las “otras tareas” a las que había aludido en su despedida.

El asesinato de Alberto impactó fuertemente en Eliana y Arturo. Llevaban varios meses en estas tareas clandestinas, a las cuales se habían integrado más por amistad y solidaridad que por un compromiso militante.

—¡Estoy como loro en el alambre, haciéndome el gil en la pega y simultáneamente sumergiéndome en este mundo de nombres ficticios, de pocas palabras, en donde no sé lo que hay detrás y tampoco me conviene saberlo! —exclamó Arturo, como un grito de impotencia, cansancio y temor.

—Yo ando en las mismas —respondió Eliana—. El otro día, escuchando la noticia de la detención de un colaborador como nosotros, el gobierno lo calificó de “ayudista” y todo indica que esta sería la categoría en que nos pondrían. Pero el trato que nos darían no sería muy distinto del que le dan a los que están bien metidos en esto porque, al final, se supone que tenemos información.

—Así es —confirmó Arturo—, y ahora tengo pendiente la reunión con Homero el próximo viernes en la esquina de San Pablo y Las Rejas, y por el tono de la última conversación creo que están con problemas con las casas de seguridad. Más encima, con la muerte de Alberto, no sería raro que nos pidan nuevamente esconder a alguien.

Pero esa reunión no ocurrió: Arturo llegó al lugar a la hora indicada y Homero no apareció. Esperó durante 30 minutos tratando de controlar la inquietud y atento a todo lo que ocurría en el entorno, y la situación no cambió. Definitivamente no apareció Homero y, por fortuna, tampoco la policía secreta.

Con el temor a cuestas, en adelante Eliana y Arturo debieron mantener sus rutinas de trabajo sin saber si al amanecer del día siguiente serían allanados. Pasado un tiempo y disipada en parte su angustia, llegaron a la convicción de que su enlace había sido detenido, que había resistido la tortura y no había entregado a estos amigos circunstanciales. Hasta hoy desconocen si logró salir con vida de allí.

 

 

 

 


El Cantar Tiene Sentido


Algunos me llamaron canción protesta. Otros, folklore latinoamericano. En mi momento de gloria me bautizaron como “Nueva Canción Chilena”, pero para mí, simplemente soy canción con contenido social, y visto así me he hecho amiga de la protesta, de nuestras raíces latinoamericanas, de la contingencia política y, claro, por supuesto: también del amor. Como toda obra humana he tenido aciertos que me han convertido en himnos y en otros casos, no me he presentado con mi mejor cara cuando me dieron vida por encargo y con apuro.

Mi mamá Violeta me dio a luz e inspiró a muchos tíos que siguieron su camino mostrándonos sus esperanzas, nostalgias y pesares. En muy poco tiempo la familia se agrandó gracias a los tíos que venían a vernos de barrios cercanos como el tío Daniel, empeñado en sacar las alambradas de la tierra “que es nuestra, es tuya y de aquel”; el tío César que sentía al caminar "toda la piel de América en su piel" y por supuesto, el tío Atahualpa y la tía Mercedes. En verdad, fueron muchos los tíos que nos visitaron y que cantaron al unísono con los de mi barrio, todos con la convicción de que “El cantar tiene sentido, entendimiento y razón”.

Me movía entre las peñas, los shows en las radios y de vez en cuando, nos vestíamos de gala para participar en festivales en donde más de alguna de nosotras hizo su presentación en sociedad. Cuando llegaba el momento de descansar nos íbamos a nuestros albergues que eran redondos y tenían unas hermosas fachadas. Allí esperábamos que alguien nos hiciera dar vueltas en círculo para llenar el aire con melodías y ritmos. Claro que para que eso ocurriera debían hacerlo con cariño, evitando suciedades y rayones.

Fueron momentos memorables cuando nació “Plegaria a un Labrador” del tío Víctor, “Cantata Santa María de Iquique” del tío Luis, y poco tiempo después, cuando el clavijero de la guitarra se convirtió en una mano empuñada, el tío Sergio le dio vida a “Venceremos”. De ahí en adelante me convertí en una activista que, amarrada a un sueño, debía motivar y defender el cambio social que ocurría en esos tiempos.

Pero de la noche a la mañana mi vida cambió violentamente: al tío Víctor lo asesinaron y otros tíos estaban presos o debieron arrancar del barrio. Se prohibió que me presentaran en las radios y programas de televisión y en cambio obligaron a escuchar algo que era para otra gente, con diferentes costumbres y gustos, y que, además, pensaban que yo era peligrosa para la seguridad del barrio.

No solo eso: si nuestro albergue tenía en su fachada la palabra DICAP, había orden de destruirlo de inmediato. Claro que en algunos casos me salvé de la destrucción haciéndome la lesa cambiando la fachada, arropándome con plástico para pasar un largo período de encierro en mansardas, gallineros o pisos falsos, o simplemente en la pieza de los cachureos escondida bajo un montón de libros viejos cubiertos de polvo.

Como si fuera poco, se prohibió emitir sonidos con unos instrumentos que nos habían regalado nuestros vecinos del norte, y todo esto porque desde una oficina donde participaba un tipo que se disfrazaba de huaso, sin serlo, decidía qué se escuchaba y qué no.

No éramos nosotras, la música, las únicas perseguidas. Lo mismo ocurría con mi prima la lectura, cuyos albergues, los libros, eran quemados en enormes piras.

Fueron días muy difíciles de silencio forzado, pero lentamente y con mucho cuidado empecé a expresarme. Los salones parroquiales, al igual que las catacumbas en otra época, fueron los lugares que me protegieron de la persecución. Allí nos apoyábamos en medio del miedo y el dolor recordando a la tía Margot que sabiamente decía: “Quien canta su mal espanta, quien llora su mal aumenta”.

Pero también tuve mucha actividad fuera de mi barrio: los tíos Inti y Quila hicieron giras por lugares remotos denunciando lo que pasaba acá con nosotros. Eran unos recitales muy masivos y cargados de emoción, donde se escuchaba algo que me llenaba de contradicciones, pues veía el contraste entre la dura realidad de ese momento, que nos tenía por el suelo, y lo que se escuchaba con tanta fuerza y pasión:

“Y ahora el pueblo
Que se alza en la lucha
Con voz de gigante
Gritando: ¡adelante!

¡El Pueblo Unido jamás será vencido! …”

Mientras tanto, y vaya ironía, en la antigua oficina salitrera Chacabuco, en el lado norte de mi barrio, convertida en ese entonces en campo de prisioneros, el tío Ángel junto a otros amigos organizó el grupo “Los de Chacabuco”, y entre otras, le dio vida a “Alma de Chacabuco”, una composición de guitarra que estremecía, pues hacía sentir la prisión en medio del desierto, solo acompañada con la inmensidad del cielo estrellado. 

Y tal como ocurre con la renovación del bosque después de un incendio, un par de años después empezaron a emerger los renuevos, y reaparecí en las peñas incluso usando los instrumentos que habían sido prohibidos. Los tíos Illapu y su “Candombe para José” fueron los primeros que me permitieron volver a los escenarios de la tele. En las peñas me cambiaron de nombre: ahora me llamaron “Canto Nuevo”. A veces me vestía con un ropaje elegante en cuanto a creatividad y calidad interpretativa, usaba un lenguaje un tanto rebuscado como una forma de protegerme de la censura, diciendo y no diciendo al mismo tiempo. Unos tíos del lado sur de mi barrio llamado Valdivia, y el tío Le Bert, destacaban en ese estilo cargado de símbolos en donde convivían el sentimiento de nostalgia al no saber “en que quedó la poesía” con la convocatoria “a tener algo que contar”.

Pero en otros casos la cosa era como era no más: los tíos Sol y Lluvia, que no se caracterizaban por su sofisticación, con su mensaje sencillo y directo provocaban tal entusiasmo en el público que me entonaban como verdaderos himnos. Hasta el día de hoy, de vez en cuando en los barrios populares me sacan a caminar “En un largo tour por Pudahuel y La Bandera”. Algo así también ocurrió con unos tíos que a temprana edad se sentían “Prisioneros” y que remecieron a los de su generación años después.

Por esa época ya me había cambiado de albergue, ahora habitaba en una cajita fácil de llevar y esconder. Me era cómodo, y lo más importante es que podía estar, con muy poca plata, simultáneamente hasta en los lugares más remotos.  

Pero hubo alguien que permitió poder expresarme ante públicos numerosos nuevamente. Fue un amigo de la familia al que conocíamos como Ricardo, y que había hecho su forma de vida presentarnos y darnos a conocer en eventos masivos. Un poco más de tres años después de que me habían prohibido, este amigo se atrevió con “La Gran Noche del Folklore” en el Teatro Caupolicán. Aún recuerdo el estruendo en las graderías con aquel verso que nombra la libertad en “El Cautivo de Til Til”.

El barrio se fue sacudiendo del miedo y tuve la oportunidad de recibir muchas invitaciones. Volví a la radio con “Nuestro Canto” y las letras de mi cantar se imprimieron en “La Bicicleta”, fui a lugares un tanto bohemios como la casona de San Isidro y el Café del Cerro, que fueron el punto de encuentro de jóvenes que me escuchaban con interés y emoción, estuve en los recitales callejeros donde compartí el entusiasmo con miles de pobladores, volví al liceo para sumarme al grito de rebeldía del “Baile de los que sobran”, y así fue como en todos los rincones del barrio se escuchó, cada vez con mayor fuerza, llamar “en nombre de todos, por su nombre verdadero” a la libertad.

Todos estábamos de fiesta cuando el “Vuelvo” de los tíos Inti y Pato, y “Vuelvo Para Vivir” de los tíos Illapu, fueron himnos de multitudes que anunciaban el fin de la larga noche cargada de persecución, palabras prohibidas y apretones de garganta que me impidieron expresarme por largos años.

Lo que vino después de la celebración, no lo tengo claro. No sé qué pasó. Ya no me persiguen, se me tiene respeto y consideración, pero tampoco me invitan como ocurría antes de la fiesta, ya no existen las peñas ni recitales masivos, y otras familias han llegado a poblar el barrio. Por mi parte, hoy vivo con la tranquilidad de haber sido un bálsamo para sobrellevar los momentos de dolor y haber contribuido con mi mensaje de esperanza para llegar hasta donde hemos llegado.

 

 


 

Abuso Verbal

 





Buenos días. Muchas gracias a la Escuela de Periodismo por la invitación a este seminario en el que se nos ha propuesto narrar, desde nuestra particular mirada de comunicadores, cómo vivimos durante los 17 años de dictadura.

El vespertino en que trabajaba, Ultima Hora, desapareció el mismo 11 de septiembre, y después de una cesantía de 10 meses me contrató la Radio Carrera, que era una de las últimas emisoras sobrevivientes en el dial AM. Trabajé en el departamento de prensa y, por largos años, mi labor consistió en andar con una pequeña grabadora, haciendo interminables esperas en el edificio Diego Portales por si hablaba algún miembro de la Junta o alguno de sus adláteres.

Los colegas que me han antecedido han dado cuenta del impacto del golpe de Estado en el cierre de medios, la censura, la persecución a colegas, y la desinformación. En esta presentación hablaré de las declaraciones que se difundían monótonamente en prensa, radio y televisión, y que hoy viviendo otra realidad nos parecen tan absurdas, ridículas, irrespetuosas y vulgares. Pero era lo que vimos, escuchamos y leímos como parte de la pauta noticiosa de ese entonces. Vivíamos en un periodismo con preguntas que no se podían hacer, de respuestas que no respondían a la pregunta, o de respuestas sin posibilidad de contrapreguntar.  

Permítanme decir que las palabras anticipan o explican los hechos, y si nos fijamos un poco más en su forma y contexto, revelan más de lo que específicamente se está diciendo, y en última instancia, reflejan la esencia de quien las expresa. A continuación, les presento algunas de las declaraciones de los mandamases, a quienes, por respeto a mí mismo, o simplemente por superstición, no los llamaré por sus nombres. Simplemente los identificaré por el accesorio que se colocan en la cabeza.

Partamos por Gorra Blanca que cada martes se lucía diciendo lo que le venía en gana. La expresión máxima de su filosofía era poner a sus opositores en una categoría infrahumana: los humanoides, “que son los marxistas ateos, que no creen en el espíritu, y que son los responsables de cualquier desgracia porque siempre están conspirando”.

Su explicación del exilio la fundamentaba en su exégesis bíblica, cuando afirmaba que Dios envió al exilio a Adán y Eva por “portarse mal”, y como Dios es omnipotente e inteligencia perfecta, por decirlo de algún modo, el exilio tenía un profundo significado divino.

Por supuesto el mismo Gorra Blanca, como buen cristiano, pensaba que la reconciliación era posible, pero era un problema de fe: "habría reconciliación si los humanoides creyeran en el alma inmortal; si no, seguirían humanoides y no habría reconciliación"

Estos Gorras eran tan calificados intelectualmente que cualquier problema les era de fácil solución. Bastaban 15 minutos de lectura cada noche para compenetrarse de materias filosóficas, de historia política, o bien mediante el hobby de leer sobre economía en la Enciclopedia Británica se estaba en condiciones de dirigir la economía del país.

Cuando estos bienintencionados servidores de la patria eran sistemáticamente hostilizados por el comunismo internacional con el tema de los derechos humanos, ellos debían salir a defenderse y hacer claridad a la población sobre su posición política: “no nos oponemos a las ideas, a lo que nos oponemos es a que se difundan y que traten de aplicarlas en el país”. En otros momentos directamente los negaron con otras joyitas como: "Yo no conozco eso de los derechos humanos. ¿Qué es eso?", o "Los derechos humanos son una invención, muy sabia, de los marxistas". Conclusión: puedes tener las ideas que te parezcan en tu cabeza, pero de ahí a expresarlas, eso es otra cosa. Así al menos lo estimó el que aseguró: “Entonces cuando la democracia se pone democrática, ya no sirve exactamente”.

Y para que no quedara duda, otra vez Gorra Blanca: “Detrás de todo esto, y eso a los chilenos se les olvida, está el comunismo moscovita que no ha podido ser derrotado ni en Italia, ni Francia ni en Alemania”. Este país si lo había logrado “mal que les pesara a los tontos útiles como los Kennedy”.

Claro, como somos “una raza de cristianos, blancos y occidentales que quiere ser única en esta parte del mundo, es envidiada por muchos países, y es hostilizada por lo más grandes”. … es decir, éramos tan macanudos que nos tienen envidia chicos y grandes.

Con su acabado conocimiento del marxismo, Gorra Gris hizo un paralelo entre el paso del sistema burgués al comunismo a través de la dictadura del proletariado, afirmando que no nos podíamos escapar de tener que pasar por la “dictadura de la democracia”, aun cuando no les guste a algunos.

Tal vez fue una expresión de la dictadura de la democracia el modelo económico que se impuso a rajatabla: todo se explicaba y justificaba con números. La economía es una ciencia objetiva y por lo tanto es consistente esta afirmación de Gorra Gris: “Los ricos son los que producen plata y a ellos hay que tratarlos bien para que den más plata”. Claro que él no llevaba velas en este entierro, pues afirmó con toda convicción: “Este es un gobierno honorable, por eso es que el pueblo chileno nos apoya y cuando yo tenga que irme llegaré hasta la notaría y retiraré mi sobre con mis haberes, nada más. Incluso a lo mejor me voy con menos de lo que tenía cuando subí a este cargo”.

Por el lado de las explicaciones, hubo muchas que hacían pensar que las mentiras de la infancia habían permanecido por largo tiempo al interior de sus gorras. Para justificar el toque de queda se dijo que era para “facilitar la limpieza de las calles”, y consecuente con el rol que le asignaba a la familia, Gorra Gris afirmó: “el toque de queda entre la 1:00 y las 5:30 es muy beneficioso para los chilenos, y durará por largo tiempo, el padre llega temprano a casa y la esposa está contenta”

Reconozco que me divertí mucho con el fallido viaje a Filipinas con vuelta a Chile estando en medio de la ruta. El problema era explicar la razón de este bochorno, y la respuesta de Gorra Gris fue más o menos la siguiente: “dos guardias que lo iban a cuidar en su estadía en Manila se habían vendido a los comunistas por cien mil pesos filipinos para asesinarlo o permitir que lo asesinaran” …. y como soldado que arranca sirve para otra batalla, volvieron de inmediato a Chile.

Respecto de Gorra Azul, en su debut dejó una cuña que tuvo un alto impacto sobre la “extirpación del cáncer marxista”. Lamentablemente unos pocos años después, Gorra Gris se encargó de que no continuara con tan noble misión. El que lo reemplazó fue más cuidadoso con sus palabras, y solo el día del plebiscito dejó su cuña cuando irónicamente respondió: “¿Y por qué no traemos champaña para celebrarlo?” cuando el gobierno aún intentaba desconocer su derrota en el plebiscito hablando del “orgullo por el alto porcentaje obtenido”.

Y sobre Gorra Verde, en realidad dijo muchas cosas chistosas, pero de poco impacto. Sus palabras no antecedían a los hechos ni los explicaban, solo eran el reflejo de su ser, de su modo de vida, de su historia personal. Tal vez dentro de su simpleza había algo de sentido común, cuando afirmó: “Si los ricos fueran solidarios a lo mejor no serían ricos, digo yo”. El día de su retiro de la junta de gobierno por su responsabilidad en uno de los asesinatos políticos más atroces de esos años, Gorra Verde registró la frase con la que pasó a la posteridad: "se desgranó el choclo".

Si los jefes se permitían decir todo tipo de barbaridades, era de esperar que su círculo cercano hiciera lo mismo. Por ejemplo, cuando vino la crisis post 1982 un economista optimista declaró: “La recesión tiene su lado bueno, está imponiendo sobriedad y realismo, le da un sentido de sacrificio a los pobres”. Otro economista más práctico afirmó que si los empresarios lecheros estaban en problemas, pues “que se comieran las vacas”.

La esposa de Gorra Gris, también opinó en los momentos de la crisis: “En la época de bonanza cuando pasearon, gozaron bastante, compraron joyas, lindas casas… y ahora lloran. Que lloren. Se lo merecen”.

También participó de esta borrachera de palabras una fiel seguidora que por esos días usaba corona, y aprovechando su exposición mediática después de ganar el concurso Miss Universo declaró respecto del baleo en la cabeza a una joven estudiante de música que protestaba frente al Teatro Municipal: “Para qué se mete en problemas, para qué se va a alegar ¿sabía que le iba a pasar eso? ¡A lo mejor sí! Y mira lo triste que tengo que decir, pero a lo mejor hay mucha gente que está contenta porque pasó esto, porque da algo que decir”.

Pero debo señalar algo más: toda esta palabrería contó con la complicidad de algunos periodistas muy promovidos por el régimen. Eran los que siempre tenían un lugar preferente en la rueda de prensa, y que actuaban como verdaderos apuntadores en esta obra profundamente dramática pero cubierta con un velo de comedia.

Bueno, estimada audiencia, mis colegas que en ese entonces cubrieron el área de tribunales y policial, probablemente tendrían mucho que agregar, y podríamos estar un largo rato repasando toda esta verborrea. Me he detenido en comentarlas porque más allá de que estas declaraciones fueron un motivo de risa en momentos tan duros, en realidad no eran meros dichos: era la notificación de hacia dónde llegarían o la explicación, absurda por supuesto, de cuáles eran los verdaderos motivos que tuvieron para hacer lo que hicieron. Tal vez la declaración que muestra fielmente lo que sería la dictadura, la hizo Gorra Gris el mismo día del golpe al ofrecer al presidente derrocado un avión que “se caería cuando vaya volando y nunca llegaría a su destino”.

Muchas gracias por la invitación, por haberme escuchado y por permitirme descargar un poco la rabia e impotencia contenida durante largos años al tener que escuchar, grabar y difundir de primera fuente tanto abuso verbal y tanto desprecio por la inteligencia.

 


 



Caminos Paralelos

 


G: Nunca pensé que llegaría el momento de tener que ir a mirarles la cara a las viejas de la olla común… espero que no me traten mal… después de todo ha pasado un buen rato.

R: Hoy tenemos porotos con riendas y ensalada de lechuga, calculo que necesitamos preparar unas 80 raciones entre adultos y niños. Los porotos quedaron remojando desde anoche y 3 vecinas quedaron comprometidas para colaborar. Espero que todo funcione bien.

G: Claro, yo tenía motivos para reaccionar de la manera como lo hice. Estaba cansada de las colas, cansada de la prepotencia de los dirigentes de la JAP, de las interminables discusiones con los “upelientos” y realmente pensaba que un día cualquiera podían venir a matarnos a todos los que pensábamos distinto.

R: Debo reconocer que a veces siento el cansancio que se me ha ido acumulando, ya que desde el día siguiente después del golpe he estado en esto de vivir en medio de la emergencia.

G: La mañana del 11 de septiembre sentí que mis ruegos habían sido escuchados, y que por fin los militares se habían decidido a derrocar a Allende.  Cuando se levantó el toque de queda, sin darle explicaciones a nadie, porque mi marido no se metía en nada, colgué la bandera desde una ventana y puse la radio bien fuerte para que se escucharan las marchas militares.

R: Atrás quedaron los días en que la junta de vecinos, el centro de madres y el club deportivo organizaban actividades para ir en ayuda de un vecino en problemas, o reunir fondos para las fiestas, o para tener más comodidades en las sedes. Incluso el tema del desabastecimiento y las colas del que tanto se hablaba, lo resolvimos a punta de organización, no tuvimos problemas con las mercaderías, ni con el pollo ni con nada.

G: A los pocos días del pronunciamiento habían aparecido las mercaderías que tenían escondidas los dirigentes de las JAP, los chascones se habían cortado el pelo, las murallas estaban pintadas, y en el barrio había vuelto la tranquilidad.

R: Pero llegó la noche y empezamos a vivir la pesadilla de los allanamientos, las amenazas, el toque de queda, la prisión y la cesantía.

>> En los primeros días tuvimos que aguantar la pasada de cuenta de los ganadores, que vociferaban el cuento del Plan Z y la “derrota del comunismo”. Pusieron banderas en sus casas, se tomaron el centro de madres y la junta de vecinos, y no perdían la oportunidad de hacernos burlas y amenazar a los que habíamos apoyado al gobierno de la Unidad Popular.

G: Cuando me enteré de que a mi cuñado lo habían echado de la pega y que había estado como un mes preso, me hice la lesa, y eso hasta el día de hoy me lo saca en cara mi hermana.

>> Pero sigo pensando que se las buscó y que, si lo tomaron preso, algo habría hecho. Si hubiera sido inocente no le habría pasado nada.

R: Algunos de nuestros vecinos sufrieron este hostigamiento por partida doble cuando un miembro de la familia estaba preso o sin trabajo. Por suerte no ocurrió en nuestra familia ya que mi marido siguió con su pega en el taller mecánico.

>> Como necesitaba sacarme el miedo y la rabia de encima, junto a mi amiga Ruth pusimos manos a la obra y nos organizamos para recoger alguna ayuda y atender los casos más urgentes que teníamos cerca de nosotras.

>> La iniciativa fue tomando un poco más de forma cuando nos pusimos de acuerdo con el club deportivo, que no había sido intervenido, y mediante rifas y completadas pudimos reunir fondos para la Navidad … y también tener un pretexto para reunirnos y ver cómo seguíamos.

G: Se me había juntado tanta rabia que hasta llegué a denunciar a un parcito que antes del 11 llevaban el pandero al momento de revolver el gallinero. En un primer momento pensé que se me había pasado la mano, pero al ver a mis vecinas circulando sin problemas por la calle días después, me quedé tranquila.

R: Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes que alguien del vecindario nos denunciara con el cuento de que éramos una célula extremista que se estaba reorganizando. Una patrulla de Carabineros se dejó caer una noche en mi casa y la de mi amiga Ruth, nos llevaron a la comisaría más cercana y nos mantuvieron detenidas por el fin de semana. Hubo vejámenes, maltrato de palabra y la amenaza de que, si éramos sorprendidas nuevamente armando problemas, nos meterían presas.

>> En los meses siguientes tomamos más precauciones y nos cobijamos al alero de la parroquia, que por ese entonces también estaba iniciando algunas tareas solidarias.

G: Como se dio la oportunidad, me inscribí como socia en el centro de madres y allí conocí a algunas voluntarias de CEMA Chile, que eran esposas de oficiales, y con otras “mamitas” asistí a charlas y talleres, me llevaron a concentraciones y desfiles donde nos daban algunos regalos y compré a muy bajo precio una máquina de coser. Tenía metido en mi cabeza que las que éramos madres, esposas y dueñas de casa, éramos el pilar de la reconstrucción nacional.

R: Hicimos unos cuantos cálculos y vimos que era posible organizar un “comedor popular”. Sobre las platas, contábamos con el apoyo de la solidaridad internacional y los aportes voluntarios de los vecinos. Además, varios puestos de la feria nos vendían baratas las frutas y verduras, una carnicería en Franklin nos abastecía de menudencias de carne y pollo. Eso, más las rifas, los bingos y todo lo que se nos ocurriera, permitió que pudiéramos mantener el comedor sin parar un día.

>> Cuando partimos, preparábamos 20 raciones por día y hoy hemos llegado hasta a 95. Pero no todo es comida ya que lentamente, pero sin parar, hemos convertido al comedor en un grupo de discusión sobre la situación del país.

G: En el barrio me reconocían por mi desempeño en el centro de madres, y eso se notaba porque ahora no cualquiera podía pasarme a llevar o levantarme la voz como ocurría antes, ahora las vecinas sabían con quién me relacionaba.

R: Había vecinas que se iban rotando para colaborar en la cocina, pero en mi caso y el de otras compañeras prácticamente pasábamos toda la semana en algo que no podía parar: las platas, las compras y el menú de cada día.

G: Como la situación económica se fue arreglando, los precios no subían como antes y era muy fácil obtener crédito para comprar las cosas de la casa. Me fui alejando de las reuniones, charlas y desfiles del centro de madres, pero mantuve la tarjeta de CEMA Chile por si igual caía por ahí algún beneficio.

R: El otro día en una de estas reuniones nos dijeron que el veranito de San Juan con el dólar barato ya no resistía más y que de un momento a otro la situación económica se iría a las pailas.

G: Hasta ahí todo parecía perfecto, hasta que supe que gente del vecindario estaba sin pega y que lo único que conseguían eran unos trabajos mal pagados para mover tierra de un lado para otro. Al comienzo me preocupé de que nos pudiera pasar algo similar, pero luego pensé que mi marido trabajaba en una buena empresa con mucha antigüedad y prestigio, y por lo tanto no teníamos nada que temer. 

>> Sin embargo, no ocurrió así: la empresa, que fabricaba radios y televisores, se había ido a la quiebra, y de la noche a la mañana nos encontramos con que no había plata para los gastos de la casa.

R: Así las cosas, nos estamos enterando todas las semanas de que algún vecino se ha quedado sin pega, y, por lo tanto, tarde o temprano, aparecerán por estos lados.

>> También nos contaron que se ha estado hablando de un paro nacional y a mí eso me parece una buena idea. Claro que ahí nos tenemos que poner de acuerdo los trabajadores, los estudiantes y nosotros, los pobladores.

G: Por mi parte intenté a través del centro de madres obtener algún beneficio, pero como había estado alejada en el último tiempo ya no tenía los contactos de antes. Lo único que logré fue un paquete de mercadería que entregaba la municipalidad.

>> Cuando mi marido embolsó sus cosas y se fue, me dijo que si lograba algún empleo él se encargaría de hacer llegar los aportes para los gastos, pero la verdad es que estos aportes nunca llegaron.

>> Probé usar la máquina de coser para pequeños trabajos de costura, también hice artesanías, repostería… pero ninguno de estos trabajos me da para llegar a fin de mes.

R: Si así se viene la mano, quizás habrá que trasladarse a la sede del club deportivo, pues el salón parroquial nos está quedando chico y nuestra actividad entorpece las labores del cura.

G: Así es que después de darle muchas vueltas buscando una solución, me convencí de que lo único que tengo a la mano ahora es agachar el moño y partir al comedor popular.

R: Revisando la lista para hoy vi que se inscribió una nueva vecina, se trata de la Guacolda Álvarez y sus dos hijos. Yo la ubico por lo metida que estaba con los centros de madres años atrás. Era muy amiga de las mujeres de los milicos de CEMA Chile, y había que estar en la buena con ella para alcanzar las migajas que llegaban desde el gobierno.

G: Claro que hay un problemita no resuelto: por esas cosas de la vida, el comedor está a cargo de la Rosa Escudero, la misma que yo denuncié en los días posteriores al golpe. No sé si ella supo quién hizo la denuncia, pero si me llega a encarar negaré hasta el final…lo tengo decidido.

R: Yo no tengo problema en agregarla a la lista de raciones. Lo que sí me preocupa es que se nos vaya a meter una soplona en el grupo.