Amigos de Liceo

 



Hoy en la tele apareció una noticia que me ha llevado al momento en que conocí a mi amigo Víctor. Fue en marzo de 1982, cuando ambos ingresábamos a cursar el primer año medio en el Liceo 6 de San Miguel.

Sentía curiosidad por conocer el colegio, el que hasta entonces había visto solo desde la calle y, según me contaban, era muy grande y hasta tenía gimnasio. Quería saber si era verdad que sus profesores eran mucho más exigentes que los que había tenido en la escuela del barrio, y lo más importante, cómo serían mis nuevos compañeros.

Después de las campanadas de rigor, formaron a todo el alumnado en el patio principal y a los de primero nos ubicaron adelante, muy cerca del escenario, así es que podíamos ver todos los detalles del acto. Como era la tradición, se inició la ceremonia con el izamiento de la bandera y la canción nacional con la estrofa de los “valientes soldados”. A continuación, la directora habló de la responsabilidad, de las tradiciones del colegio, del futuro de la patria y dio la bienvenida a los recién ingresados. Finalmente se procedió a asignarnos la sala al final de un pasillo.

—¿Cómo te llamas? —pregunté a mi compañero de banco.

—Víctor Ortiz —contestó—.  ¿Y tú?

—Marcelo Rivera, pero mis amigos me dicen “Chelo”.

No fue mucho más lo que conversamos esa mañana. Mi primera impresión fue que mi nuevo compañero como que se guardaba cosas. Era un tipo reservado, no hablaba más de lo que se le preguntaba, siempre observando cada detalle de lo que ocurría a su alrededor.

En los días siguientes, la conversación se hizo más fluida, pero siempre era yo el que ponía los temas. Víctor escuchaba con mucha atención mis comentarios, independiente de si eran cuestiones triviales sobre el colegio, mi barrio en el paradero 12 de Gran Avenida, el fútbol, alguna vecinita a la que le estaba echando el ojo, la canción del momento, cuestiones de mi familia, o lo que fuera.  Esa misma actitud tuvo aquel día cuando fue a mi casa a buscar unos apuntes y en todo momento estuvo atento y observando los libros, los adornos y los comentarios que hacía mi mamá.

Un día, en medio de estas conversaciones de recreo, hizo un alto y me preguntó:

—¿Qué piensan en tu casa de lo está pasando en el país?

Me pilló de sorpresa la pregunta, pero igual atiné a decir que en mi casa se hablaba poco de estos temas, que las preocupaciones eran el trabajo, los estudios y el precio de las cosas. De vez en cuando se hacían comentarios sobre lo que pasaba en el país, pero inmediatamente venía la recomendación de no meterse en problemas, ya sea con un uniformado o un vecino con ganas de pasar cuentas.

—¿Y por qué me preguntas esto? —agregué.

—Bueno, porque mi caso es muy distinto al tuyo: en mi casa el tema sí nos importa, y mucho.

Me quedé satisfecho con su respuesta y seguimos la conversación como siempre, hasta que un par de semanas después volvió con otra pregunta extraña:

—¿Qué dirían tus papás si se enteran de que la familia de tu amigo es gente opositora al gobierno?

—No creo que les parezca mal —contesté—. Lo que te dije aquella vez que me preguntaste sobre qué pensaban en mi casa, lo hice midiendo mis palabras… Yo tampoco sabía con quién estaba hablando.

Víctor se mantuvo en silencio durante un breve rato, tomó aire, y dijo:

—Lo que te contaré lo hago porque sé que no eres un “sapo” y puedo confiar en ti.

Después que yo asentí, continuó:

—Hasta antes del golpe, yo era un niño que no tenía mayores preocupaciones por lo que pasaba en el país. Mi familia, tan normal como muchas, participaba de las actividades de la Junta de Vecinos y apoyaba a la Unidad Popular.

>> Después del 11 pasamos por todas las peripecias de una familia del bando derrotado, pero nada muy distinto de lo que ocurría en muchos lugares del país. Lo que no sabía es que mi papá empezó a colaborar en las actividades clandestinas para la reorganización de su partido, del cual siempre había sido solo un militante de base. Se había logrado mantener en la pega y las tardes y fines de semana los dedicaba a su partido. Lamentablemente el auto en donde iba, acompañado por un dirigente de alto nivel, fue detenido por una patrulla militar para una revisión y les encontraron material de propaganda. Ambos fueron detenidos y hasta el momento no sabemos nada de su paradero.

>> A partir de entonces, mi mamá tuvo que ingeniárselas para sostener la casa, a mí y a mi hermana nos preparó para enfrentar las preguntas indiscretas y las agresiones que podríamos sufrir en adelante: no hablar sino lo necesario, mentir cuando preguntaran por el papá diciendo que trabajaba en una minera en el norte, y siempre observar a quien teníamos al frente para ver si era o no confiable. 

>> Especialmente a mí, me pidió que mientras estuviera en la escuela del barrio estas recomendaciones las tuviera muy presentes. Llegaría el momento en que pudiera sumarme a la lucha que ella ya había empezado desde la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, la AFDD.

>> A esa fecha yo tenía 8 años y tuve que acostumbrarme a ser para algunos una especie de leproso, para otros un tipo que inspiraba lástima y, solo para unos pocos, el hijo de una víctima de la dictadura. Esa es la razón por la cual seguramente te parecía raro mi comportamiento cuando nos conocimos —concluyó.

Quedé muy impactado con su historia y me llamó la atención la tranquilidad con que me la contó. Le agradecí la confianza y prometí no hablar del asunto entre los compañeros.

Continuó diciendo: —No te preocupes. Como en este colegio soy hasta ahora un desconocido y ya estoy lejos de la presión del barrio, por la memoria de mi padre vengo dispuesto a participar en todo lo que pueda para sumarme a la lucha hasta que caiga el dictador, así es que de aquí en adelante no es tema el que me reconozcan, al contrario.

A partir de ese momento Víctor me abrió los ojos a mundos que en cierto modo antes me eran ajenos. En nuestra renovada relación apareció la política: de vez en cuando caía a mis manos alguna revista como Solidaridad o Análisis; pero lo más atractivo era que me prestaba casetes de artistas, desconocidos para mí, que denunciaban la injusticia e invitaban a mantener la esperanza en un Chile libre.

Pero también pude conocer al otro Víctor, no aquel que me impactó por la frialdad y rabia contenida cuando me contó su historia; eso no era más que una coraza que había aprendido a llevar para mitigar su pena. Este Víctor estaba totalmente involucrado en los quehaceres de su casa y era un leal acompañante de su mamá en la causa por saber el paradero de su padre. Compartí muchas veces con su familia, incluso asistí a los actos y manifestaciones de la AFDD donde prendía en su pecho la foto de su padre desaparecido, foto que por lo demás siempre llevaba en su mochila. En uno de estos actos los testimonios fueron tan desgarradores que al final solo atiné a darle un fuerte abrazo y permanecer largo rato en silencio.

Al año siguiente, Víctor ya era reconocido por sus habilidades como organizador: participaba en cuanta actividad se le ponía por delante, siempre estaba participando en eventos deportivos, fiestas de aniversario, y recolección de alimentos para ollas comunes, pero lo que lo más lo entusiasmó fue haber colaborado en el montaje de la escenografía de las primeras tocatas del grupo musical Los Prisioneros, que por esos días se había formado en el Liceo.

El siguiente paso fue organizar, junto a compañeros mayores, un taller literario, el que en realidad era un grupo de formación política que se preparaba para salir a las calles a exigir los derechos de los estudiantes secundarios.

Esta aventura rápidamente llegó a su fin cuando en una de estas reuniones se les sorprendió con panfletos que llamaban a la movilización por la elección democrática de los centros de alumnos, ya que hasta entonces los dirigentes eran designados a dedo por los directivos del colegio, los que a su vez también eran seleccionados a dedo.

Estando ya de vacaciones, Víctor pasó un día a mi casa a contarme que la dirección del Liceo le había cancelado la matrícula, y que su mamá, a través de una profesora amiga, estaba haciendo gestiones para matricularlo en el Liceo 12, en la Avenida Bustamante.

Esa visita en realidad fue una despedida pues desde ese momento dejé de tener contacto y no tuve noticias de él. Hasta que hoy, 10 de julio de 1985, junto a un lienzo que reza “Seguridad para Estudiar, Libertad para Vivir” aparece Víctor en la tele como vocero de los estudiantes secundarios, dando cuenta de los objetivos de la toma del Liceo 12: la elección democrática de la Federación de Estudiantes Secundarios de Santiago.

No me sorprendió que Víctor estuviera presente en la que fue la primera toma de un liceo en plena dictadura. Estaba cumpliendo la promesa hecha a la memoria de su padre. Pero en el camino que se había trazado, aún le quedaba mucho trecho por recorrer.