Nací en el verano de 1967 y me presentaron
como un símbolo de progreso de mi país, aislado por los desiertos, las montañas,
los hielos y el mar. Ahora yo sería la nueva puerta para comunicarse con el
resto del mundo. Y, como era propio de un Chile pobre pero sobrio y digno, los
arquitectos no tuvieron la oportunidad de hacer volar su imaginación para
diseñar algo monumental: me construyeron con lo mínimo suficiente para cumplir
con los estándares de la aviación comercial de entonces. Al decir de algunos
expertos, soy como un terminal de buses un poco más elegante.
El uso del avión le era permitido a los pocos
que disponían de mayores medios económicos, o a quienes excepcionalmente debían
hacerlo por un servicio especializado de profesional experto, una beca en alguna
universidad extranjera, un problema familiar o los aventureros, que en realidad
no eran tantos pues lo isleño era lo característico de la “chilenidad”.
Por eso, un viaje al extranjero era todo un
acontecimiento para muchos de los pasajeros: el viajero vestía formalmente, lo
acompañaba la familia que se congregaba en mi terraza agitando los brazos como
despedida y con el viajante haciendo lo mismo desde la escalinata del avión. Esta
escena la inmortalizaba un fotógrafo que rápidamente, mientras el avión
iniciaba el despegue, revelaba las fotos para ofrecerlas a los familiares a la
salida. ¿En cuántas casas habrá una de esas fotos en el fondo de un cajón?,
pregunto yo.
Me entretenía ver a los pasajeros en mi
sala de espera, especialmente a los menos experimentados: la ansiedad que se reflejaba
en consultar la hora a cada momento, las expresiones de
afecto con palmaditas en la espalda, o de pena o preocupación cuando alguien
cercano le hablaba personalmente al viajero tomándole las manos, la distensión
cuando repentinamente estallaban las carcajadas. Al
momento del embarque, las manifestaciones de emoción aumentaban, los abrazos
eran más apretados y largos, y asomaban unos lagrimones en alguno de los
miembros del grupo familiar.
Habían pasado algunos años cuando con la
llegada de la primavera observé que quienes viajaban en su mayoría eran esos
pasajeros que estaban acostumbrados a hacerlo. Yo los reconocía por sus
vestimentas, su equipaje de valor y por el tono de voz de sus conversaciones en
la sala de espera. Pero esta vez se les veía preocupados y un tanto enojados.
¿Si habitualmente viajaban por motivos de placer, por qué esa tensión reflejada
en sus rostros? ¿Por qué no regresaban pronto, como lo hacían en sus viajes anteriores?
Pero no era solo la salida lo que me llamó
la atención: por la puerta de llegada, aparecieron muchos visitantes de otras
latitudes que querían conocer el país. Algunos se mostraban relajados y
normalmente cargaban cámaras, y a otros se les veía concentrados y distantes,
como que tenían algo importante que hacer en Chile. ¿Qué había de nuevo en este
país que llamara la atención, como para que tanta gente y tan diversa quisiera
conocerlo?
Durante un par de años el día a día transcurrió
sin sorpresas, pero nuevamente al inicio de la primavera ocurrió algo
extraordinario: militares armados se habían apoderado de todos los espacios, controlaban
no solo a los viajeros sino también a los acompañantes, el trato era rudo, la
tensión se respiraba en el ambiente, el personal trabajaba en lo suyo
relacionándose mínimamente con los pasajeros. En este ambiente sombrío, el
cartel que decía “Bienvenido a Chile” parecía un contrasentido. No entendía qué
pasaba, me preguntaba: “¿Habrá un conflicto con un país vecino?”
En los siguientes días y semanas
reaparecieron esos viajeros con poder económico que había visto partir años
atrás, pero también llegó a mi sala de espera un público que no había visto
antes. Probablemente viajaban por primera vez. Vestían en forma sencilla con
bolsos que hacían de maletas, algunos llevaban frazadas en sus brazos, y sus
familiares parecían estar conteniendo sus emociones. Al parecer el viaje no era
de placer, ni trabajo, ni estudio, sino por algún “problema familiar”, ¿pero
tantos al mismo tiempo?
Una vez que el avión había partido, a la salida
afloraban los verdaderos sentimientos de sus familiares y un amargo rictus se
reflejaba en sus rostros. Tuve que presenciar escenas conmovedoras, como una
joven madre llorando abrazada a sus dos pequeños hijos; en otra oportunidad a
dos ancianos intentando consolarse mutuamente. Tenía ganas de entregarles mi
apoyo, pero ¿de qué manera?
Mientras tanto los militares seguían con su
armamento, y lo que vi en esos días, y que no ocurría antes, era la llegada de
unos autos con banderas de países extranjeros que cruzaban raudos la losa para
entregar al pasajero directamente en el avión. ¿Sería una nueva versión de
pasajeros VIP? La verdad no lo creo, pero no tengo una explicación sobre qué ocurrió
desde que llegaron los militares.
Después de algunos meses los militares se
retiraron, pero no se volvió a ver el ambiente festivo que había conocido antes
de su irrupción, y así se mantuvo la situación por varios años. Los viajeros
cuyo motivo era un “problema familiar” seguían saliendo y no volvían, solo que ahora
mujeres de edad, posiblemente sus madres, eran las que salían. ¿Los hijos se
habían ido del país para no volver o no podían entrar?
Al cabo de un tiempo alguien ordenó
clausurar mi terraza y en su lugar se instaló una cafetería. Solo a través de
sus ventanas se podían ver los minutos previos al despegue. ¿Habrá sido un
cartel que puso alguien el que ocasionó el fin de una tradición tan arraigada en
las familias chilenas?
Paulatinamente me fui convenciendo de que
estos nuevos viajeros, los del “problema familiar”, habían sido obligados y no
les estaba permitido su retorno. Mi convencimiento se basó en unos incidentes
que presencié con algunos pasajeros a los que no dejaron ingresar y los obligaron
a devolverse en el avión en que venían.
Por esa misma fecha llegó al país un visitante
que vestía todo de blanco y que, cuando bajó del avión, besó el suelo chileno.
Había mucha gente esperándolo y no podría decir a quiénes representaban. Yo,
que puedo describir a cada pasajero que se embarca, debo reconocer que en la
multitud había gente de todas las edades y condición, y que cantaban
reiteradamente un canto de bienvenida. ¿El visitante de blanco tendría algo que
ver con la prohibición de ingreso al país de algunas personas?
Entrábamos a una nueva primavera, los días
transcurrían con la monotonía de siempre: gran actividad en la mañana y en la noche,
escasa durante el resto del día; pero repentinamente me doy cuenta de que algo
está ocurriendo, al parecer importante. La ansiedad se notaba en el ir y venir,
y fue el siguiente sábado cuando se congregó una multitud. Esta vez no era la espera
de un visitante célebre: eran esos viajeros que lo habían hecho no por voluntad
propia y que estaban retornando. Ahora los llantos no eran de dolor e
impotencia: era una profunda alegría que denotaba que eso que estaban viviendo tenía
su origen en esos miles que cantaron, como un himno, recibiendo a un grupo
musical. Ellos, desde el techo de una micro y con un cartel de fondo que decía
“El Canto del Pueblo no lo Calla el Exilio”,
cantaron una canción que, lo recuerdo perfectamente, decía:
Vuelvo hermoso, vuelvo
tierno,
vuelvo con mi espera dura.
Vuelvo con mis armaduras,
con mi espada, mi desvelo,
mi tajante desconsuelo,
mi presagio, mi dulzura.
Vuelvo con mi amor espeso,
vuelvo en alma y vuelvo en hueso
a encontrar la patria pura
al fin del último beso.
Los meses siguientes se volvió a vivir
el entusiasmo que producen los viajes, mi sala de espera bullía con animadas
conversaciones. Ahora muchos de los viajeros se desenvolvían con facilidad, los
jóvenes se animaban a viajar sin compañía de un adulto, y la cantidad de pasajeros
aumentó vertiginosamente.
Hoy me enteré de que en un poco tiempo
más se construirá un recinto de mayor capacidad y más moderno, y por lo tanto
mi destino es que en algún momento me jubilen[1]. Pero
estoy satisfecho pues tuve la oportunidad de vivir, de conocer y sentir el dolor del desarraigo y la
alegría del reencuentro. En ese conmovedor período de nuestra historia estuve
presente.
.

